Premio Príncipe de Asturias de las Cooperación Internacional 2007
Al Gore
Opinión
JOSE ALBA ALONSO
Profesor Titular de Economía Aplicada de la Universidad de Oviedo
En clave de sentido común
La labor de concienciación sobre el calentamiento global y las políticas para evitar su progresión constituyen el núcleo de la aportación que ha llevado a Al Gore a cosechar premios y distinciones de diversa índole.
Su trabajo ha sido el de organizar los medios para conseguir crear conciencia de la necesidad de adoptar políticas realistas frente al cambio climático Se ha puesto al frente de una causa que unicamente había recibido un apoyo importante del ámbito del poder, aunque con relativo poco fruto, por parte de la Unión Europea. La conjunción de su famoso documental con el Informe Stern, en el ámbito económico, publicitó ampliamente aspectos ya conocidos para algunos, mas ocultos para la mayoría.
¿Es una gran aportación la de Al Gore? Lo avala el hecho de que haya llegado a tanta gente proporcionándole una explicación razonable a cuestiones planteadas en los foros internacionales desde Río 92 y atenuadas por la falta del refrendo de quienes lideran la sociedad.
¿Hay inexactitudes en el trabajo? Obviamente, es imposible la perfección y el detalle, aún más considerando el medio empleado, pero las cuestiones centrales están muy acreditadas. Incluso cuando buscamos la perspectiva de quienes se resisten a tomar medidas frente al cambio climático llegamos a ver al cómo el presidente Bush hubo de presentar su propuesta política al respecto, sin negar la mayor (‘Toward a New Global Approach to Climate Change and Energy Security’ 28-9-2007), habiendo dejado a un Secretario de Estado asumir el informe del panel IPCC.
Pero lo que seguramente es preciso enfatizar es que Al Gore no contrapone la continuidad (inviable) frente a las restricciones, sino que insiste en que el coste de no adoptar medidas existe, como ha planteado Stern. Ambos enlazan claramente con los planteamientos de David Pearce, cuando éste afirma «un principio fundamental es que los recursos y el medioambiente cumplen una función económica y tienen un valor económico positivo. Considerar que tienen un valor nulo supone un riesgo importante de sobreutilizarlos».
Las dificultades para evitar la inercia son múltiples, engloban el reparto de esfuerzos entre países, el propio método para lograr cierta reducción de emisiones, la confrontación de intereses concretos y difusos, la asimetría entre los costes soportados por cada parte y sus retornos, etcétera. De ahí que abordar el calentamiento como un problema socio-económico y político tenga plena lógica. Constatada científicamente, como está, la relación entre la actuación humana y el calentamiento, las medidas rebasan los campos de la química, las denominadas ciencias de la Tierra y la ingeniería.
Parte significativa de la sociedad ha asumido el mensaje nítido expresado por Al Gore al transmitir una preocupación suya que se remonta muchos años atrás. No pretende ir contra el sistema, sino propiciar medidas que permitan solucionar razonablemente necesidades básicas de la población mundial en lugar de incurrir en costes inasumibles como los que pudieran derivarse de la inacción o de actuaciones insuficientes y tardías.
La importancia y fragilidad del recurso atmósfera han sido identificadas por muchos, seguramente, gracias a la divulgación realizada por quien podía aportar un plus de credibilidad en un terreno en el que muchos científicos trasladan a las decisiones individuales y colectivas una exigencia de cientifismo más allá del sentido común.
Es de agradecer que alguien tan vinculado a ámbitos de decisión de suma importancia haya percibido la necesidad de divulgar conocimientos de innegable trascendencia para la sociedad. Pero tampoco es despreciable la reacción que ha suscitado entre quienes siguen aferrándose a explicaciones superadas, tanto en el ámbito científico como en los propios gobiernos de los países industriales. Exacerbar las críticas de un juez, insistir en los emolumentos de Al Gore por sus conferencias, recurrir a criticar su labor en el gobierno estadounidense o preocuparse por su consumo familiar no constituyen argumentos que apuntalen la debilidad de críticas poco adecuadas a una labor divulgativa que puede favorecer una mejor orientación de los esfuerzos para preservar algunos de los más preciados bienes comunes internacionales.
Su preocupación intelectual por aspectos vinculados al medioambiente no es nueva y su actuación política parece haber sido coherente con su pensamiento, en contra de lo que muchos le critican. No fue capaz de decidir desde el gobierno, pero ha tenido la virtud de adaptarse a las nuevas formas de comunicación para, más allá de sus libros, transmitir la necesidad de cuidar nuestra Tierra, mientras sea posible, claro. Esperemos que su protagonismo sirva para valorar el trabajo poco reconocido de tantos que contribuyen cotidianamente al beneficio social.
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