M. F. A.| GIJÓN
Tzvetan Todorov se definía de esta forma en una reciente entrevista, en la que el filológo y semiólogo francés de origen búlgaro hacía un recorrido por unas ideas que le han convertido en el flamante Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales.
«Todorov representa en este momento el espíritu de la unidad de Europa, del Este y del Oeste, y del compromiso con los ideales de libertad, igualdad, integración y justicia».
Son palabras leídas ayer en Oviedo por Manuel Fraga Iribarne, presidente del jurado, que quiso poner los laureles sobre reflexiones candentes que van desde la inmigración al terrorismo, desde el concepto de la identidad europea como fruto de la integración de culturas, religiones y naciones hasta el análisis de la democracia y el totalitarismo.
«Sus preocupaciones intelectuales, su sabiduría y erudición, que superan fronteras y buscan puntos de encuentro, le han permitido abarcar grandes temas de nuestro tiempo, como el desarrollo de las democracias, el entendimiento entre culturas, el desarraigo, el reconocimiento del otro y el impacto de la violencia en la memoria colectiva», sostiene el jurado, que fue unánime en la elección de un hombre nacido en Sofía en 1939, que se instaló en París en 1963 y que es francés nacionalizado.
En la capital gala dirige la Escuela de Altos Estudios Sociales en el Centro Nacional de Investigaciones Científicas y también allí ha realizado toda su obra, traducida a 25 lenguas y con la que ha recorrido medio mundo como profesor invitado en Universidades como las de Yale, Harvard o Berkeley.
Lo cierto es que su vida no ha sido una, sino varias, dispares y eclécticas. No sólo porque mudó de Sofía, donde estudio Lenguas Eslavas, a París; no sólo porque cambió el alfabeto cirílico por el latino; sino también porque sus trabajos se han estructurado de manera diferente a lo largo de los años. El propio jurado lo dejaba claro: «Representante de un riguroso método estructuralista, que aplicó a la literatura y la crítica literaria, Todorov ha ido evolucionando hacia el análisis cultural y la historia de las ideas».
El propio autor es consciente de que hasta el año 1980 todos sus trabajos se limitaron a aspectos relacionados con la literatura y el lenguaje.
Tradujo a los formalistas rusos y, siempre de dentro del movimiento estructuralista, realizó estudios literarios, de teoría del lenguaje, de los símbolos. Y de pronto cambió, y ese cambio se obró en parte porque su visión del mundo desde el otro lado del telón de acero, desde la veterana democracia francesa comenzó a ser otra. Descubrió que era libre de escribir y pensar lo que quisiera.
Sin cortapisas. «Ya no quería limitarme a la teoría de los textos, sino poner mi comprensión al servicio de una reflexión que concerniera a la vida común de la sociedad».
Así arrancó una segunda etapa vital centrada en el hoy que ya es el ayer del siglo XX y en la realidad del XXI. Los títulos de sus obras dan buena cuenta de ese vuelco:
De 'Gramática del Decamerón, 'Simbolismo e interpretación' a 'Las morales de la historia', 'Memoria del mal, tentación del bien', 'El nuevo desorden mundial,
reflexiones de un europeo'... Sus obras más recientes siguen esa misma línea: 'Los aventureros del absoluto' y 'El espíritu de las luces', ambos de 2006, y 'La literatura en peligro', del pasado año.
Ha sido prolífico en sus obras, sus reflexiones y también en sus premios. En 1991 obtuvo con 'Las morales de la historia' el Rousseau, y atesora también el Premio Europeo de Ensayo Charles Veillon, el Charles Lévêque de la Academia de Ciencias Morales y Políticas de Francia y el Maugean de la Academia Francesa. Todo ello sin olvidar la Orden de las Artes y las Letras de su país de adopción.
Claro que lo importante son las reflexiones que se esconden en todas esas obras sobre el totalitarismo y también sobre la democracia, un sistema que defiende, pero sin querer considerarlo como una panacea. «En el horizonte del corto y mediano plazo, que es el lapso que podemos abarcar, no veo qué alternativa global puede sustituir al régimen democrático».
No retrata paraísos en sus obras -«la sociedad no está a la deriva, pero pienso que jamás viviremos en un paraíso»-, porque además entiende que esa figura del mundo perfecto no deja de ser un invento totalitario, pero tampoco monstruos, porque cree en el ser humano, en los ideales que hacen moverse a la humanidad, que no siempre buscan una vida más bella, mejor, sino más cómoda, más asentada.
«La democracia no ofrece la plenitud a sus ciudadanos. (...) Tener una jubilación decente no hace que uno se sienta realizado», dijo en una entrevista al diario 'La Nación', al mismo que le confesó que la vida es más.
Sus ideas sobre la democracia, sobre la justicia, sobre Europa han llenado páginas y páginas en busca de respuestas a un mundo complejo. Y tan simple como la vida misma. Porque Todorov, que no es filósofo, sí tiene su propia filosofía vital: «Consiste justamente en hacer elogio de lo cotidiano, en buscar en la vida común, en la vida diaria, lo que puede embellecerla, hacerla digna de ser vivida».
«No soy un filósofo. Me apasiono por cuestiones de política, de moral, de sociedad, de interpretación de la historia. Filósofo es una gran palabra».