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Premio Príncipe de Asturias de las Artes 2008

Sistema de Orquestas Infantiles y Juveniles de Venezuela

Opinión

MAX VALDÉS

Director de la Orquesta Sinfónica del Principado

La obra del pequeño Gandhi de Venezuela

El director de la OSPA trabajó con los chicos del Sistema en Ciudad Bolívar y asegura que jamás podrá olvidar la experiencia ni mucho menos sus caras tocando.

Hoy asistiremos a la solemne entrega de los premios Príncipe de Asturias. El venezolano José Antonio Abreu, galardonado con el de las Artes, estará acompañado por unos 230 jóvenes músicos que integran la ya muy conocida y admirada Orquesta Simón Bolivar de la Juventud Venezolana. Y a la cabeza de éstos, su carismático director, Gustavo Dudamel.

Han pasado ya treinta años de mi primer contacto con la experiencia musical juvenil venezolana. José Antonio Abreu me llamó para integrarme a la formación de los primeros grupos orquestales nacidos en Caracas y Barquisimeto allá por el año 1979 y luego, durante al menos una decada, seguí participando en el desarrollo de esta experiencia única en la realidad de hoy. La concesión del Premio a todo este sistema de orquestas y a su fundador llena de orgullo y satisfacción al mundo de la música por el trabajo que ya se ha realizado y por el impacto que ha tenido en la juventud de decenas de países en el mundo entero.

En mi última visita a Caracas, hace un año, pude comprobar la dimensión que este sistema ha adquirido: más de 300.000 mil jóvenes forman un sinfín de orquestas en prácticamente cada ciudad del país. Un gran número de ellos integran orquestas de primer nivel mundial en Estados Unidos y Europa. Desde la experiencia venezolana han nacido otras en Chile, Argentina, Perú, Ecuador, México...

Mientras se me explicaban las virtudes del nuevo teatro sede de la orquesta Simón Bolivar, construido con fondos del Banco Interamericano de Desarrollo y equipado con las más avanzadas tecnologías acústicas, regaladas por la Filarmónica de Berlín, yo recordaba con nostalgia los primeros ensayos, treinta años atrás, en corredores y cuartos sin luz eléctrica en diferentes teatros y casas de la ciudad. Poco a poco iban apareciendo con sus instrumentos y nos poníamos a trabajar y a repetir una y otra vez hasta que estábamos en condiciones de presentarnos ante el público. Y ese momento, el concierto era algo simplemente extraordinario, tanta era la pasión de las familias que seguían a sus hijos músicos en esta aventura, y tanta la entrega de todos nosotros al hacer la música.

Había en José Antonio Abreu una fe inquebrantable en que toda esta experiencia de jóvenes vitales y descontrolados generaría entre ellos una sana y limpia competencia por ser mejores músicos y que terminaría por elevar todo el Sistema a cotas de calidad artísticas imposibles de imaginar en sus comienzos. Y más aún, terminaría por inyectar los valores éticos y morales que han inspirado la creación musical a lo largo de los siglos en estos jóvenes, cuya gran mayoría provenía de las barriadas populares con muy escasos medios económicos y una pobre educación.

No podré olvidar las caras de aquellos chicos en Ciudad Bolívar a orillas del Orinoco frente a una partitura de Bach mientras descifraban las notas con sus violines traídos de Japón. Algunos hablaban una mezcla de español con indígena, otros no decían palabra, mudos de miedo frente a sus atriles. Tampoco olvidaré el primer acorde que hirió brutalmente mis orejas y la risa posterior. Pero sobre todo recuerdo el cuidado que ponían con sus instrumentos, probablemente lo único y mas preciado que tenian.

Es difícil imaginar desde Europa lo que esta experiencia ha significado para Venezuela y el resto de América Latina, para sus jóvenes y para todos los que vivimos de la música. La pasión y el sentido del juego que los integrantes de la orquesta Simón Bolívar poseen ha deslumbrado al mundo de la música desde Nueva York a Berlín y a Tokio. Es por ello que Claudio Abbado, Simon Rattle, Baremboim y tantos otros los dirigen en los más importantes festivales y salas de conciertos.

Ahora están aquí en Asturias para recibir su merecido premio. Su fundador –el pequeño Ghandi de Venezuela– lo recibirá con la humildad de siempre. Pocos hombres en el mundo pueden volver la vista hacia el pasado y contemplar la magnitud de esta obra. Es su obra.

 

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