Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2008
Tzvetan Todorov
Opinión
JUAN VELARDE FUERTES
Economista
Homenaje y reproche
El insigne economista asturiano manifiesta su admiración por la vertiente de Todorov como teórico del lenguaje, en la que le introdujo Emilio Alarcos, en tanto que puntualiza sus discrepancias con la orilla en la que se aproxima a opiniones y asertos de otros campos sociales.
Se ha concedido el premio Príncipe de Asturias a un semiólogo importante, pero que como sucede en el mundo intelectual más de una vez es una persona que se considera a sí misma –y así es como ha logrado trascendencia en el mundo postmoderno– capaz de opinar con rotundidad sobre todo tipo de cuestiones. Es, pues, un personaje importante del actual «partido intelectual», heredero en línea directa del que acabó dándose cuenta de toda su fuerza con Zola y el ‘J’accuse’ en ‘L’Aurore’ y que en España saltó a las calles con Benito Pérez Galdós y nuestro Adolfo Buylla al frente, llevando el lema de «Maura, no».
Naturalmente, Todorov, como todos estos ideólogos, tiene un lema que le crea simpatía extraordinaria en muchos ambientes; el odio a la política de Bush, en el que centra sus críticas. Basta citar sus declaraciones a Alejo Shapire. Por cierto que en ellas nada se refleja, sin ir más lejos, sobre el problema del Islam radical moderno, que ese sí que es un problema fundamental para la convivencia internacional.
Eso limita, sin ir más lejos, las acusaciones que Todorov dirige a Bush y a una serie de ideólogos norteamericanos, encabezados por Robert Kagan. Por cierto que su acusación de que éstos han recitificado sus viejas actitudes no tiene sentido y menos en Todorov. ¿Es que él, tan admirador de Rousseau, niega la posibilidad de una ‘iluminación’? Para España, fronteriza con ese problema del islamismo radical, los planteamientos de Todorov no pueden, pues, a mi juicio, tomarse al pie de la letra.
¿Quiere decir esto que no sea un grande en su especialidad y que desde la escuela del estructuralismo aplicado a los estudios literarios y a la teoría general del lenguaje, con lo que pasó a ser uno de los grandes de la semiótica, no sea merecedor del Premio Príncipe de Asturias? De ningún modo. Pero insisto en que hay dos Todorov. El primero me pareció siempre enormemente atractivo. Ahí está su ‘Teoría de la literatura de los formalistas rusos’ y para mí su impagable ‘Gramática del Decamerón’ (Mouton, 1969).
El gran Emilio Alarcos Llorach es quien me dijo un día, por cierto paseando por la Estación de la Renfe, en Oviedo: «¿Pero es que no has leído nada de Todorov? Un economista necesita hacerlo». Lo hice, y por ejemplo gracias al ensayo ‘La noción de la literatura’, publicado por Todorov en ‘Los géneros del discurso’, comprendí que no era absurdo lo que el Premio Nobel Werner Heisenberg señaló al indicar que había comprendido a España leyendo un libro durante su estancia como prisionero de los aliados al concluir la II Guerra Mundial. Como me relató Antonio Lago Carballo, testigo presente en Santander de la estancia de este gran físico en la UIMP en 1950, alguien le dijo al no captar bien lo que pronunciaba: «Claro, el ‘Quijote’». Respondió Heisenberg: «No; yo leí ‘El Coyote’».
Ése es el Todorov que admiro. No el que hace incursiones en campos que desconoce. Concretamente cuando se aproxima al mío, y en sus declaraciones a Patricio Arana en ‘La Nación’ de Buenos Aires, de 26 de octubre de 2005, señala rotundamente que «la economía es un medio para producir riquezas» y que en vez de dedicarse a ello debería «hacer que los seres humanos fuesen más felices». ¿Saludó, por ejemplo, Todorov, lo que opinaba el gran economista Marshall sobre su papel como economista en esa deliciosa historia sobre el «santo patrón» que tenía en su cuarto del Saint John’s College, en Cambridge, un cuadrito de un hombre delgado, con gesto angustiado, y al que dirigía la mirada porque la economía «tenía que hacer entrar en el Cielo a hombres como aquél»? Quizá suceda en otros campos. Sospecho que más de uno de nuestros importantes americanistas puede no avalar precisamente sus ensayos ‘La conquista de América; la cuestión del otro’ (Seuil, 1983) y el trabajo en colaboración con Georges Baudet, ‘Relatos aztecas de la conquista’ (Seuil, 1983). Pero no me atrevo a pasar de ahí.
La división del trabajo es lo que hace progresar a la cultura. La gran tentación es la del no ser humilde, y saltar de nuestro huerto, que cultivamos a veces muy bien, y pretender, con nuestro sólo esfuerzo aislado, recolectar un colosal latifundio. Algo se puede atisbar más allá de las barbas de la propiedad de cada uno, de la tarea propia. Pero como se dedique fundamentalmente a lo ajeno, se equivoca. Y el gran Todorov del que me habló Alarcos creo que ha caído de bruces en esa tentación. Esperemos que el extraordinario honor de recibir el Premio Príncipe de Asturias, tan merecido por sus primeros trabajos, no le haga afirmarse en la tentación.
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