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Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional 2008

Centro de Investigacão Manhiça, Ifakara Health Institute, Malaria Research and Training Center y Kintampo Health Research Centre.

Opinión

ALBERTO HIDALGO

Director del Instituto de estudios para la paz y la cooperación

El desarrollo humano de África

África es un continente tan grande y las cifras de la malaria tan espeluznantes que ante la concesión de este Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional 2008 apenas cabe otra cosa que alegrarse para, acto seguido, lamentar que premiar a los que trabajan en ello no sirva para erradicar el problema, sino sólo para hacernos conscientes de su magnitud.

Pero, sobre todo, hay que felicitar al jurado en esta ocasión porque la lucha contra la malaria tiene una repercusión directa en dos de los objetivos del milenio que corren el peligro de no cumplirse en el año 2015. El objetivo cuarto sobre reducción de la tasa de mortandad infantil en menores de 5 años y el objetivo sexto, que se propone detener (no ya reducir) el avance de esta enfermedad en la misma fecha.

Hablar, además, de Mozambique, Tanzania, Ghana y Mali, sin embargo, es referirse a cuatro países del África Subsahariana, territorialmente muy diversos entre sí, pero bastante próximos por lo que al índice de desarrollo humano se refiere. El más desarrollado de los cuatro, Ghana, ocupa el puesto 135 en el ranking mundial con un valor de 0,553 en el IDH (índice de desarrollo humano), una expectativa de vida de 59 años, más del 40% de analfabetos y unos 2.500 dólares de renta per capita, aunque tan mal repartidos que el 78% de la población vive con menos de dos dólares al día. Tanzania, que le sigue con un índice del 0,467, ocupa el puesto 159 y, aunque su alfabetización es mayor (70%), sólo alcanza una renta de 744 dólares per capita, de modo que la pobreza está bien distribuida: el 90 % de la población vive con menos de dos dólares al día.

Con esta disparidad de renta casi es sorprendente que el índice de mortandad de niños menores de 5 años sólo alcance idéntico 22% en ambos países, lo que dice mucho del trabajo de un hombre en el primer país, el tanzano Salim Abdulla, director del Centro de Investigación en Salud y Desarrollo de Ifakara (Tanzania).

En Ghana, aunque la preocupación por la malaria se calcula en términos de pérdidas económicas (lleva el 1% de los ingresos en los hogares ricos, pero el 34% de los pobres), el Centro de Investigación en Salud de Kitampo ha desarrollado desde 1994 uno de los más amplios sistemas de vigilancia regional y está probando también la vacuna denominada RTSS.

Casi a la cola del ranking mundial en desarrollo humano se encuentra el occidental y semidesértico Mali, con un IDH del 0,380, una esperanza de vida de 53 años, un 50 % de la población que no tiene acceso estable a fuentes de agua potable y un 33% de niños que mueren antes de cumplir los 5 años. En estas difíciles condiciones, sin duda, trabaja el Centro de Investigación y Tratamiento de la Malaria de Mali, creado en 1989 y pionero en tecnologías con las que detectar la presencia de parásitos resistentes.

Es cierto que la lucha contra la malaria desde el punto de vista de la cooperación debe contar con una vacuna eficaz que pueda aplicarse a los 37 millones de niños que viven en zonas de alto riesgo y no han sido vacunados, pero es menos costoso y a corto plazo más eficaz extender el uso de mosquiteros tratados con insecticida y, sobre todo, evitar la malnutrición que provoca el 50 % de las muertes en los niños infectados.

Justamente en estos tres frentes actúa la última de las organizaciones galardonadas, el Centro de Investigación en Salud de Manhiça en Mozambique, que desde 1996 dirige el matrimonio español formado por el Pedro Alonso y Clara Menéndez, y en el que se ha realizado el mayor ensayo clínico sobre la malaria, además de investigar en nuevos productos para vacunas eficaces, nuevas infecciones y formas severas de la enfermedad durante seis meses.

Mozambique con un IDH del 0,384, poco más de 20 millones de habitantes, una esperanza de vida de 43 años, un analfabetismo que supera el 60%, una población que no tiene acceso asegurado a fuentes de agua potable (57%), es uno de los países más duros, de modo que el hecho de que la mortandad infantil de menores de 5 años alcance sólo al 24% dice mucho de la organización galardonada y de su forma de trabajar.

Yace postrado en medio de un charco de sudor; la fiebre no lo abandona y no puede mover ni manos ni piernas. Todo le duele, la cabeza le da vueltas y tiene mareos. Está exhausto, débil, inerte. Llevado por alguien en brazos, da la impresión de no tener huesos ni músculos. Y pasan muchos días antes de que vuelva a ponerse en pie». Así describía el también Premio Príncipe de Asturias Richard Kapuscinski un ataque de malaria. Cuatro organizaciones que lideran en África la lucha contra la malaria han sido galardonadas con el Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional. Su labor va más allá de la investigación, no sólo persiguen conseguir una vacuna efectiva, sino romper la relación entre enfermedad y pobreza.

África siempre ha sido la gran olvidada y este Premio pone el acento en su primera letra. La malaria deja a su paso más de 300 millones de personas infectadas y un millón de muertos, la mayoría de los cuales se producen en el África subsahariana, donde, cada 30 segundos, muere un niño menor de 5 años.

Las cuatro instituciones galardonadas son el Centro de Investigação em Saúde de Manhiça dirigido por los doctores Pedro Alonso y Clara Menéndez; el Ifakara Health Institute, dirigido por el doctor Hassan Mshinda; el Malaria Research and Training Center, dirigido por el doctor Ogobara Doumbo, y el Kintampo Health Research Centre, dirigido por el doctor Seth Owusu-agyei. Y cada una contribuye a que la realidad de África sea la realidad de todo el mundo.

Trabajan desde dentro y fuera del continente, pero siempre por y para él. Científicos y científicas de múltiples nacionalidades y dispciplinas se unen en estas instituciones ubicadas en Tanzania, Mozambique, Ghana y Mali con el claro objetivo de combatir las enfermedades relacionadas con la pobreza, para formar, informar, investigar y dar asistencia sanitaria a una población por lo general carente de los servicios mínimos. Aunque estas fundaciones son los grandes baluartes mundiales contra la malaria, también luchan contra otras enfermedades como el VIH-sida, la tuberculosis, las enfermedades respiratorias y el cáncer.

Gracias a ellos, una enfermedad olvidada porque solo afecta a los países más pobres se hace presente en el primer mundo. Logran poner ese acento en el continente negro y este premio contribuye a esa labor.

 

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