Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2008
Margaret Atwood
Retrato de artista adol
Hija de un entomólogo, su estilo atiende a los detalles, pero prevalece la mirada poética y la exploración de las tinieblas.
Alberto Piquero
Aunque haya obtenido premios tan prestigiosos como el Booker (2000, por ‘El asesino ciego’), al que ahora se suma todo el brillo del galardón con que la reconoce el Príncipe de Asturias –acaso adelantándose una vez más al Nobel, a cuya cima ha sido propuesta varias veces Margaret Atwood (Ottawa, Canadá, 1939)–, lo cierto es que la autora de ‘Double Persephone’ (1961, su primer libro de poesía) o de novelas que exploran el misterio cotidiano y familiar, ‘Ojo de gato’, ‘El cuento de la criada’; o los recovecos históricos con fondo existencial, ‘Alias Grace’, esta sutil analista de nuestro tiempo, no ha sido una escritora de cabecera para los lectores españoles.
Al punto de que entre muchos de sus propios compañeros de gremio peninsulares, la noticia acerca del Premio de las Letras no suscitó ninguna euforia más allá de lo protocolario. Tal vez porque Margaret Atwood no ha sido suficientemente leída. De hecho, las traducciones de su obra al español están fechadas en su mayoría hace más de una década. Por cierto, entre ellas consta la publicada por la editorial asturiana KRK, ‘Asesinato en la oscuridad’ (relatos, 1999), de la mano de Isabel Carreras.
Rosa Montero explica que, a su juicio, la suya es una literatura demasiado fría, lo que podría influir en esa desatención por parte de un público que tiene otra temperatura. Sin embargo, uno se queda con la opinión de Amparo Arróspide, profesora de la Universidad Complutense de Madrid, quien ha vertido recientemente a nuestra lengua varios de los poemas de Margaret Atwood. Ella le descubre su vinculación a las tinieblas, con paradas en el infierno acompañada por Eurídice u Orfeo. La mitología es una de las fuentes líricas donde se surte.
Hija de un entomólogo, esa apreciación respecto de una supuesta gelidez estilística encontraría causa en la minuciosidad heredada de la profesión de su progenitor. Pero sería una sospecha freudiana muy ligera, por más que Margaret Atwood realice indagaciones literarias en el mundo de la infancia que permitirían la licencia, particularmente en ‘Ojo de gato’, con pasajes deliciosos que podrían recordar al Gerald Dürrell de ‘Mi familia y otros animales’.
En esa novela, ‘Ojo de gato’, que advierte de modo preliminar para no confundir una estructura narrativa autobiográfica con la propia biografía de la autora, se deshace cualquier idea preconcebida sobre un punto de vista distanciado, aparte de que saltándose libremente el aviso, el lector queda en condiciones de espiar tras las cortinas de los personajes e intuir quién relata los acontecimientos. Sin duda, es una de las obras más indicadas para penetrar en el mundo novelístico de la escritora canadiense, que aquí ofrece un retrato de la artista adolescente (entre Joyce y Proust, por así decir) y nos aproxima a una riquísima y delicada percepción del mundo, convirtiendo el detalle psicológico en grandeza artística, rebobinando diferentes épocas de una vida y de una sociedad que acaban configurando un mosaico existencial tan hondo como intenso.
Dice una de las parejas de la protagonista que «este país (por Canadá) no tiene héroes, procurad que siga siempre así». Podría pensarse que la delicadeza narrativa de Margaret Atwood se acomoda a esa circunstancia. Sería candoroso. Esas páginas en las que se anuda la niñez con la soga de esparto más realista, no son deudoras de una geografía local, sino de la literatura universal. La heroicidad reside en atreverse a mirar en el fondo del pozo.
ALGUNOS TEXTOS DE LA AUTORA:
'Autobiografía'
Lo primero que recuerdo es una línea azul. Estaba a la izquierda, donde el lago se fundía con el cielo. En aquel punto había una pared de arena, pero no se veía desde donde yo estaba.
A la derecha el lago iba estrechándose hasta convertirse en un río y había una presa y un puente cubierto, algunas casas y una iglesia blanca. Al frente había una pequeña isla rocosa con unos cuantos árboles. A lo largo de las orillas se veían grandes rocas erosionadas y los troncos cortados de árboles enormes, que sobresalían del agua.
Detrás hay una casa, un camino que se adentra en el bosque, el acceso a otro camino que no se veía desde donde yo me encontraba, pero que en cualquier caso estaba allí. Al llegar a un punto el camino se ensanchaba; la avena que en algún distante invierno se había caído de los morrales que llevaban los caballos de los leñadores había germinado y crecido. Allí anidaban halcones.
En una ocasión, en la isla rocosa había un esqueleto de ciervo medio comido, que olía a hierro, olía como cuando se frotan las manos con herrumbre y esta se mezcla con el sudor. Ese olor es el punto en que se disuelve el paisaje, en que deja de ser paisaje y se convierte en otra cosa.
'Una parábola'
Estoy en una habitación sin ventanas que se abran ni puertas que se cierren, algo que puede parecer un manicomio, pero que en realidad no es más que una habitación, la habitación en que una vez más me siento a escribirte, otra carta más, otra hoja de papel, sorda, muda y ciega. Cuando termine la tiraré al aire y por así decirlo desaparecerá, pero el aire no opinará lo mismo.
Estoy escuchando tus preguntas. La razón de que no las conteste es que de ninguna manera son preguntas. ¿Hay respuesta a una piedra o al sol? «¿Para qué es esto?», preguntas, a lo que sólo se puede contestar diciendo que no todos somos utilitarios. «¿Quién eres en realidad?» es la pregunta que hace el gusano de la manzana mientras la atraviesa. Un corazón roído puede ser el centro, pero, ¿es la realidad?
En cuanto a mí, tal vez no sea más que el espacio entre tu mano derecha y tu mano izquierda cuando colocas las manos en mis hombros. Mantengo tu mano derecha y tu mano izquierda separadas, a través de mí también se tocan. Se parece al silencio, que también es un sonido. Yo soy el tiempo que tardas en pensarlo. Entras en mi tiempo, sales de él, yo no puedo entrar ni salir, ¿por qué preguntarme? Tú sabes cómo es y yo no. Los espejos no sirven para nada.
Pregúntame en cambio quién eres tú: cuando entras en esta habitación por la puerta que no está, no es a mí a quien veo, sino a ti.
'Haciendo veneno'
Cuando tenía cinco años, mi hermano y yo hicimos veneno. Por entonces vivíamos en una ciudad, pero probablemente habríamos hecho el veneno de todos modos. Lo guardábamos en un bote de pintura debajo de la casa de algún vecino y en él echamos todas las cosas venenosas que se nos ocurrieron: setas no comestibles, ratones muertos, bayas de serbal, que a lo mejor no eran venenosas, pero que lo parecían, pis que guardábamos para añadirlo al bote de pintura.
Para cuando se llenó el bote, todo lo que contenía era muy venenoso. Lo malo era que, ya que habíamos hecho el veneno, no podíamos limitarnos a dejarlo allí. Teníamos que hacer algo con él. No queríamos ponérselo a nadie en la comida, pero deseábamos un propósito, una realización.
No había nadie a quien odiásemos tanto, ese era el problema. No recuerdo qué hicimos al final con el veneno. ¿Lo dejamos bajo la esquina de la casa, que estaba hecha de madera y era de un color amarillo parduzco? ¿Se lo echamos a alguien encima, a algún niño inofensivo? Seguro que no nos atrevimos con un adulto. ¿Es esta imagen que conservo verdadera, una carita surcada de lágrimas y bayas rojas, la súbita conciencia de que al final el veneno sí que era venenoso? ¿O es que lo tiramos? ¿Recuerdo aquellas bayas rojas flotando cloaca abajo, hacia las alcantarillas? ¿Soy inocente?
Para empezar, ¿por qué hicimos el veneno? Recuerdo con qué júbilo lo removíamos y le añadíamos ingredientes, la sensación de magia y triunfo. Hacer veneno es tan divertido como preparar un pastel. A la gente le gusta hacer veneno. Si no entiendes esto, nunca entenderás nada.
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