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Premio Príncipe de Asturias de los Deportes 2008

Rafael Nadal


 

La sencillez del número uno

Nadal, que ya se encuentra entre los mejores tenistas de la historia, ha conseguido encandilar a todo el mundo por su brillantez y humildad.


Javier Barrio

Es lo que necesita nuestro deporte, un chico al que le guste estar ahí afuera, que juega para el público». John McEnroe, el que fuera el ‘enfant terrible’ del tenis, firmaba estas palabras hace ya mucho tiempo. El destinatario de su frase, Rafael Nadal, Premio Príncipe de Asturias de los Deportes 2008. Y eso que el estadounidense, que ha tenido una carrera repleta de momentos polémicos, pero también muy brillantes –ha ganado siete títulos del Grand Slam–, nunca regala nada y mucho menos un cumplido a un tenista.

Pero con el fibroso deportista de Manacor todo es distinto. Nadie se resiste a sus encantos. Su explosivo juego de fuerza, velocidad y potencia, y su enorme y generoso derroche físico encandilan a todos. Es un creador de espectáculo. Hace posible lo imposible por esa convicción que pone en todo lo que hace.

Rafa Nadal ha irrumpido con fuerza en el panorama deportivo internacional, hasta el punto de que a sus 22 años ya tiene un palmarés que le permite estar dentro del selecto grupo de los mejores tenistas que ha dado este deporte a lo largo de su historia. El mallorquín está, por ahora, al nivel de Federer, Sampras, Becker y Borg, entre otros, aunque muchos de ellos no consiguieron ni la mitad de los triunfos que ha cosechado él en tres años.

Títulos al margen, que lo cierto es que posee muchos y de gran prestigio, Nadal, sobrino del ex futbolista Miguel Ángel Nadal, ha conseguido recuperar, además, el crédito que habían perdido los tenistas españoles, que, pese a conseguir conquistar grandes torneos, como fue el caso de Juan Carlos Ferrero en 2003 cuando ganó Roland Garros, no lograban afianzarse en lo más alto de la ATP y con el paso del tiempo se acababan diluyendo.

Pero además de todo esto, ha dejado su impronta personal en el tenis profesional, desde que llegase con 15 años y demostrara su precocidad al convertirse en el jugador más joven de la historia en ganar un partido oficial del circuito, el Torneo Internacional Series de Mallorca. Ha logrado, además, alterar la imagen de un deporte que ahora tiene tintes casi épicos para el espectador, sobre todo cuando él está entre los protagonistas, y que antes parecía ir a cámara lenta.

El espectáculo que da en cada partido no deja impasible a nadie. Su contribución y su legado es y será impagable. Eso y la sana rivalidad que mantiene con Roger Federer, el anterior número uno, con quien ha dejado más de una veintena de imágenes para la historia. La última en una intensa, interminable e inolvidable final de Wimbledon que disputaron ambos y que se saldó con victoria para el español.

Amante del fútbol y madridista confeso y convencido, para ‘desgracia’ de la mayoría de sus familiares que son ‘culés’, Rafa Nadal evitó seguir los pasos de su famoso tío, que marcó una etapa en el mundo del fútbol con el ‘dream team’ de Johan Cruyff, y se decantó por la raqueta en vez de por el balón. Fue una decisión que marcaría su vida, porque, como ha reconocido el propio tenista a modo de anécdota: «No habría sido un buen futbolista».

Un inicio precoz

Su primera competición oficial fue en Baleares, con 8 años, y ganó. Como también ganó torneos en todas las categorías inferiores. Quizás la prueba más reseñable de esta etapa fue la ‘Petit Ases’, el campeonato mundial junior por excelencia. Años después, en 2003, debutaría ya en sus dos primeros torneos del Grand Slam y, poco a poco, comenzaría a crecer su voraz naturaleza ganadora.

Desde entonces, sin abandonarle ni un momento, siempre ha estado su entrenador de toda la vida, su tío Toni Nadal, quien fue jugador profesional de tenis. El preparador comenzó a entrenar a Rafa siendo éste sólo un niño. «Me exige mucho, supongo que por ser de mi familia. Él me ha enseñado a ser deportista, y sobre todo a ser mejor persona», ha comentado el actual número uno de la ATP en más de una ocasión.

Para explicar y entender, en cierta manera, la estrecha relación que mantienen ambos, el tenista siempre cuenta una emotiva anécdota de hace años, sucedida en un torneo en el que Nadal se iba enfrentar por primera vez con un jugador profesional, su tío le dijo que jugara tranquilo y que, si la cosa iba mal, haría que lloviera y pararía el partido. Rafa Nadal creyó ciegamente y, aunque empezó perdiendo 3 sets a 0, luego se rehizo y se puso 3 a 2. En ese momento, comenzó a llover y Rafa se acercó a su tío para decirle: «¿Puedes parar la lluvia, que creo que a este tío le gano?».

Dejando las anécdotas a un lado, que el mallorquín tiene muchas, Nadal se ha convertido en un icono y en un modelo a seguir para millones de jóvenes. Ejemplifica a la perfección al deportista de élite perfecto. Ganador, compañero de sus compañeros, amante del ‘fair-play’, pero, sobre todo, humilde y cercano. Quizás ésta sea la cualidad más destacable de Nadal. Y, con más motivo, si se tiene en cuenta la mediática vida que lleva un deportista de su nivel, muy alejada de la realidad y del ciudadano de a pie.

Pero su familia, consciente de su juventud y de la dificultad que entraña el precio de la fama, nunca ha querido que él abandonase la tierra y comenzara a volar. Por eso, siempre han prestado una especial atención a este tipo de detalles. De hecho, siempre se desplaza a los torneos en aerolíneas comerciales. Es una férrea norma impuesta por su familia. Nada de ‘jets’ privados. Quizás parezca algo banal y sin importancia, pero un campeón se forja con pequeños detalles.

Y esto es lo que ha hecho que Nadal sea quien es, más allá, incluso, de su condición de número uno. Los pequeños detalles. Prueba de ello es que cada vez que le preguntan qué es lo que echa de menos cuando está tanto tiempo fuera, siempre contesta lo mismo: «Estar en mi tierra, levantarme por la mañana y que mi madre me haya preparado el desayuno e ir a pasear con mis amigos».

Una temporada de ensueño

Rafa Nadal ha completado en 2008 su mejor temporada como profesional, tras conquistas París, Londres y la medalla de oro de Pekín.


Hay pocas vitrinas que tengan capacidad para albergar tantos trofeos como los que ha conquistado Rafa Nadal en su corta pero brillante trayectoria deportiva. La suya debe de tener un tamaño desproporcionado. Y, sobre todo, después de 2008. Con ocho títulos logrados, entre ellos la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Pekín, Nadal lleva contabilizadas 80 victorias y 10 derrotas, en una temporada marcada por éxitos y récords.

Este año ha sido especialmente rentable y positivo para él. Quizás el mejor, porque es difícil superar los números y registros que ha logrado, aunque todavía le queda mucha carrera por delante. Sus participaciones se cuentan por triunfos. Ha sido la temporada de su consagración definitiva como uno de los mejores tenistas de la historia.

En Indian Wells, uno de los primeros torneos que disputó, alcanzó la final. Cayó derrotado frente a Davydenko, pero el año no había hecho nada más que empezar. Y Nadal todavía estaba calentando la muñeca para desgracia de sus rivales y, sobre todo, de Federer –considerado por la prensa especializada como el mejor jugador de todos los tiempos–, quien terminaría la temporada alejado del número uno, un trono que ha ocupado, de forma ininterrumpida, durante 237 semanas consecutivas.

Precisamente, el suizo fue su víctima en su primera toma de contacto con la tierra batida, una superficie que conoce y domina como nadie, en el prestigioso Masters de Montecarlo, una competición que ya había ganado en la anterior edición. No sería la única derrota que le infringiría al helvético este año, con el que, pese a la rivalidad que tienen en la pista, mantiene una buena relación.

Hubo que esperar muy poco tiempo para que volviera a ‘morder’ otro trofeo. En Barcelona, en el Conde de Godó, también revalidó su título. Lo hizo ante su compatriota y amigo David Ferrer. Fue su título número 25 y su cuarta victoria consecutiva en esta competición, un hito que ningún tenista había conseguido.

Más tarde, en Roma, cedería terreno en su lucha por alcanzar el número uno que ostentaba en ese momento Roger Federer, al caer derrotado por Juan Carlos Navarro. Nadal se curaría pronto sus heridas. Sería en Hamburgo. Allí se hizo con el Masters Series, disputado en tierra batida, que le faltaba para agrandar aún más su desproporcionado palmarés. Su imagen y su confianza salieron muy reforzadas de este torneo. En semifinales, dejaba en la cuneta a Djokovic, quien, antes de la disputa de ese partido, aspiraba a arrebatarle su condición de número dos en la ATP. No fue capaz. Y para añadir más ingredientes a su victoria, derrotó en la final a Federer, una vez más.

El helvético, con el orgullo herido, quería resarcirse en Roland Garrós. Pero la ambición y la sed de triunfos del mallorquín iba en aumento. Cada semana se encontraba mejor. Además, por si fuera poco, tenía muchos alicientes que lo espoleaban todavía más.

Rey de París

En París, la cita más esperada del calendario junto con Wimbledon, Nadal sabía que podía quedar retratado para siempre en la historia si revalidaba el título. Sería el único jugador, junto al sueco Björn Borg, con cuatro títulos de Roland Garrós consecutivos. Y así fue. Otra vez contra los mismos protagonistas. En semifinales sucumbió Djokovic, una de las sensaciones de la temporada. Y en la final, Nadal y Federer volvieron a reeditar otro choque mediático, aunque apenas existió oposición por parte del suizo, que no logró imponerse en ningún set. El español añadió un nuevo récord a su biografía deportiva y se adjudicó Roland Garrós sin ceder ni un solo set.

Una semana más tarde, se adjudicó el ‘London Queen’s Club’ y se convirtió en el único jugador que ganaba ambas competiciones en siete días. Otro hito más en su precoz biografía deportiva. Por aquel entonces, el trono de Roger Federer se tambaleaba. Su ‘dictadura’ deportiva había topado, de forma violenta, con un niño con un peligroso instinto revolucionario. Su interminable reinado tocaba a su fin.

La próxima victoria de Nadal iba a ser más ruidosa que las anteriores. Ganó en Wimbledon, una competición que sólo había conocido un ganador español, Manolo Santana, en 1966, y en la que Federer no había tenido rival. Pero Nadal mejoró su juego en la hierba y se adjudicó el trofeo. El partido fue de infarto, duró cerca de cinco horas y se convirtió en la final más larga en la historia de Wimbledon. Nadal mordió el trofeo para la foto con más rabia que nunca.

Llegó luego el triunfo en Canadá. Y en Cincinnati no ganó, pero alcanzó las semifinales y se adjudicó el número uno. El oro en los Juegos Olímpicos de Pekín cerraba un año de ensueño al que ahora se suma el Premio Príncipe de Asturias de los Deportes.

 

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