Premio Príncipe de Asturias de la Concordia 2008
Ingrid Betancourt
El mal convertido en bien
La admiración por Ingrid Betancourt es la que se siente por un coraje que ha transfigurado el sufrimiento en magnanimidad
Alberto Piquero
Viajaba hacia San Vicente de Caguán, en plena campaña electoral colombiana, un 23 de febrero de 2002, cuando la carretera de la libertad se truncó y el horizonte de Ingrid Betancourt cayó en las sombras de un largo cautiverio, del que todavía no quiere –o puede– mencionar cada una de sus espinas.
La candidata a la presidencia de Colombia, que ya había puesto patas arriba con sus denuncias a una clase política de turbias relaciones en el mundo del narcotráfico, se convertía en prisionera de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), y la selva sustituía las luces de Bogotá, donde nació el 25 de diciembre de 1961. Posteriormente, dejaría su país para trasladarse a Europa y realizar estudios de Ciencias Políticas en París.
Hace ya un tiempo que el escritor Juan Carlos Botero (hijo del pintor y escultor Fernando Botero, autor de ‘La maternidad’ que puede verse en la céntrica plaza de La Escandalera) relataba la extraordinaria tranquilidad con la que paseaba por Asturias, ajeno a la necesidad de mirar continuamente a sus espaldas.
Ya le habían intentado secuestrar en las calles bogotanas y la experiencia le mordía en su exilio forzoso. Quiere decirse que ha de resultar muy difícil imaginar cómo transcurren los días cotidianos en una geografía que vive pendiente de manera constante del sobresalto, si los que examinamos la situación disfrutamos de vistas al mar, el aire leve y los disgustos corrientes.
Ingrid Betancourt también había gozado de esos beneficios, por más que en la tierra de García Márquez no estuviera ajena a la eventualidad que acabó interrumpiendo su existencia. Y mucho más complicada ha de ser la aproximación minuciosa a un periodo que superó los seis años, en el que la galardonada por los Premios Príncipe de Asturias sufrió cadenas, humillaciones, sevicias y el dolor de las ausencias, sentidos minuto a minuto, hasta el rescate en que se la liberó junto a otros catorce rehenes el pasado 2 de julio.
Pero lo que en verdad sorprende es la entereza que Ingrid Betancourt ha mantenido en pie tras atravesar esa región siniestra, en la cual estuvo a punto por momentos de rendirse a un desenlace fatal. En su reciente visita a Madrid para presentar ‘Infierno verde’, el libro de Luis Eladio Pérez, senador que asimismo estuvo bajo las zarpas de las FARC a lo largo de cuatro años, Ingrid declaraba que durante su reclusión en la jungla había perdido la infancia de sus hijos, pero también otras cosas que no merecían ser conservadas, «mucha bobada y mucha impaciencia». Al tiempo que había ganado «humildad y amor por el mundo».
Es esa vertiente de la personalidad de esta mujer la que ha terminado despertando una admiración incondicional, ese coraje que ha transfigurado el sufrimiento en magnanimidad y amplitud de miras, llegando a advertir que «los muchachos de la guerrilla son mucho más prisioneros que nosotros mismos», al punto de admitir que en sus circunstancias cualquiera hubiera podido ser como ellos.
Palabras de tan infrecuente filantropía, que no olvidan que «mientras haya secuestrados seguiremos encadenados a los árboles», expresadas por quien estuvo al borde del suicidio o la entrega a la inanición cuando las condiciones de supervivencia se hicieron insoportables, nos dan ejemplo excepcional. Nos hacen creer que es posible la insólita alquimia de transformar el mal en bien. Y nos hace suponer que las críticas recibidas por su mano tendida al diálogo con los actores del terror en Colombia, de algún modo traducen mal la esencia de sus postulados, que no parecen abogar por ninguna concesión a la violencia, sino por su disolución.
Ingrid Betancourt ha decidido dejar, al menos provisionalmente, el ejercicio de la política profesional, a la que observa trufada de intereses espurios, para dedicarse a causas de diámetro más despejado que el partidista, o sea, la defensa de la libertad, los derechos humanos y el medioambiente, poniendo en primer lugar la restitución a sus hogares de las 500 personas que todavía continúan sometidas por los grilletes y los fusiles de las FARC en el laberinto de la selva colombiana.
Asegura que gran parte de esa fuerza con la que ha emergido de las tinieblas, le viene de la fe, de la lectura de La Biblia, que fue una de las mínimas concesiones permitidas en la dura prueba. Los asuntos más elementales de una vida cotidiana le quedaron vetados. Habla de un Dios humano y racional, que nos habría hecho libres para distinguir el amor y el desamor. Tanto creyentes como aquellos que no profesan credo determinado habrían de hallar en la dignidad elevada por Ingrid Betancourt el lugar de comunión donde cabe la esperanza y la memoria de todos los que en el continente americano y en cualquier meridiano aguardan la buena nueva, el final de los barrotes, el horror y las injusticias, ese anhelo por el que demasiados seres humanos han dado su propia vida.
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