Premio al Pueblo Ejemplar 2008
Torazo
Shangri-La está en Asturias
Torazo recoge la luz del día con su propio color, en un ambiente rural que se ha ido abriendo tanto al turismo popular como al selecto
Alberto Piquero
Digámoslo sin previo aviso, quien no conozca Torazo se está perdiendo una de las maravillas más espectaculares de la geografía asturiana, física y humana, e ignorará que la legendaria Shangri-La, ese lugar que James Hilton situó en la cordillera del Himalaya, tal vez tiene su reflejo en el centro de Asturias.
«El tiempo se detiene en un ambiente de paz y frescura», escribió Hilton en ‘Horizontes perdidos’. La única diferencia es que en Torazo se amalgama el tiempo, las tradiciones y la vanguardia turística, paneras y hórreos con tres siglos de antigüedad al lado de una hostería que dispone incluso de helipuerto.
Junto a la iglesia del Carmen, nos espera en una tarde soleada el presidente de la Asociación Cultural Incós, José Antonio Martínez Roces, quien hará de cicerone cordial y erudito. Suenan las campanas en la espadaña de la capilla cuando iniciamos el recreo visual de los alrededores, siguiendo a partir de un momento dado el itinerario de los romeros que celebran la fiesta del Carmen a finales de agosto, una procesión que aquí se sigue con gran fervor, pues en el pueblo permanecen activas dos cofradías, la propia del Carmen y la de la Sienra.
Torazo tiene 95 habitantes residentes, que en los fines de semana pueden sumar 140, debido a los muchos propietarios que mantienen una casa en el entorno aunque se domicilien fuera. La ganadería de antaño ha dado paso a la oferta paisajística y gastronómica. Al parecer, sólo dos ganaderos de carne perseveran en el oficio, mientras que se han ido abriendo casas rurales, como la de Amada Carlota, Los Llaureles, Casa Llanxa, El Rincón de Torazo o la Parrilla El Sena, de excelente condumio. O la ya mencionada Hostería de Torazo, con disponibilidad para helicópteros y spa. Cuatro estrellas
Desde un balcón, Josefina Sánchez Corrales nos explica que aunque su vivienda habitual está en Oviedo, el verano acostumbra a paladearlo aquí. Un ejemplo de esa atracción que ejerce Torazo sobre aquellos que un día se marcharon a otras latitudes. Guadalupe Palacios, de 84 años, nunca abandonó las raíces, desde que llegó al pueblo siendo casi adolescente. Sólo echa de menos que hubiera algo más de juventud, esa ausencia tan frecuente en las aldeas, que en este caso queda compensada por los numerosos curiosos que acuden a visitar estos días el Pueblo Ejemplar de los Premios Príncipe de Asturias 2008. Así, el grupo de Avilés que nos encontramos en el camino, Arancha, Francisco, David, Kenia, Adrián y Adelina.
Previamente, nos habíamos asomado en la parte alta, frente al monte Incós, a la perspectiva grandiosa que ofrece el horizonte, en el que caben el picu Pierzu, el Sueve o los Picos de Europa con el Tiatordos. Una sucesión de cadenas montañosas a las que ni la leve niebla de la tarde mengua el esplendor y el vértigo. Los alrededores están colmados de castaños, robles y fresnos, sin que falte en el ornamento de las casas recién pintadas la mediterránea buganvilla que tan bien ha prendido en suelo asturiano.
Al otro extremo de la demarcación, se completa el cinturón verde permitiendo contemplar el ápice del monte Naranco. Y según nos cuenta José Ramón Piñán Sanfeliz, padre de un chico, José Ramón Piñán, que desde su silla de ruedas se ocupa de la página web de Torazo, durante las noches sube al cielo del pueblo la luminiscencia que emana de Oviedo y Gijón.
Volvamos atrás, al barrio que llaman Tras la Iglesia, aunque esté un poco ladeado de esa posición. Lo que allí fue una tienda de comestibles, ahora es planta baja ocupada por familiares de José Antonio Martínez Roces. Llama la atención la inscripción del dintel, perfectamente labrada. ‘R. Año de 1886. Venta’. Alude a la antigua propietaria, Ramona. Y José Antonio nos dice que todavía conservan el libro de anotaciones de los clientes. Ese es el espíritu de la localidad, la memoria y el porvenir, que se hacen muy manifiestos en la Casa de los Indianos, donde los herederos de Álvarez de la Villa se afanan en estas jornadas por poner a punto la magnífica casona en vísperas de la visita de los Príncipes de Asturias.
María Luisa Álvarez de la Villa Terry nos permite adentrarnos en la pradería lateral del edificio, donde pasta un caballo amistoso en un declive. Evoca la época en la que su padre, médico de profesión, realizaba consultas clínicas a caballo y con revólver al cinto. Después, sería forense en Oviedo y San Sebastián.
En el interior, el despacho lustroso de otro de los antepasados, abogado, quien aparece fotografiado en la orla de la Universidad Literaria de Oviedo. La biblioteca está nutrida de volúmenes jurídicos a los que acompañan ediciones diversas que orientan acerca de la heterogeneidad intelectual de quien ocupara aquella sala. Los Álvarez de la Villa fueron los fundadores de ‘El Eco de Cabranes’, publicación que vio la luz a lo largo de varios años en los principios del siglo XIX.
Quiere decirse que el desarrollo ilustrado de Torazo posee raigambre más que probada. Pero María Luisa García Álvarez de la Villa, hija de la anterior, repara especialmente en los aspectos convivenciales de los vecinos. Casada con un militar holandés y afincada cerca de La Haya, encuentra en esa proximidad de la gente del lugar una de las bendiciones que la hacen regresar frecuentemente a su compañía.
También es cierto que hubo periodos en los que el concejo de Cabranes, en general, al que se adscribe Torazo, no estuvo atendido del modo que merece. La concejala de Mujer e Igualdad del municipio cabranés o cabraniego, Mayra González Naredo, relataba echándole sorna que hasta hace muy poco tiempo, si decía que era de Cabranes, la respuesta común era, «ah, sí, de donde los quesos», por homofonía con Cabrales.
No cometieron nunca esa equivocación Francisco Llavona Cerra, de 73 años, ni Juan José de la Venta Moreda, que cumplió el pasado 15 de octubre la venerable edad de 93 años, y al que más tarde veríamos conduciendo su automóvil con la destreza de un chaval. El primero de ellos fue emigrante en México y, de algún modo, representaría esa diáspora que despobló su tierra original para no olvidarse nunca de ella.
Un loro enjaulado en un soportal toca la campanilla, pero no quiere conversación. Nos detenemos en la iglesia del Carmen, repleta de fotografías del hermanamiento entre la cofradía local y las de El Viso (Salas) y Cébrano (Teverga). El pórtico de acceso a la sacristía data su inauguración, en 1685, «siendo cura D. García». Un hermano de María Josefa Canellada, la escritora de la que se reproduce un texto en un atril callejero, es el autor de los frescos que representan la Última Cena.
Se va yendo la claridad del día y el cielo pinta acuarelas naranjas. Al cruzar ante la iglesia de La Sienra, José Antonio nos indica que allí se hace la puja de la boroña, que este año alcanzó los 500 euros. Religiosidad, turismo laico, arquitectura rústica, vecindario entrañable y horizontes de futuro. Más que Shangri-La.
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