Amaneció luminoso y soleado en Ginebra, como si la OMS se preparara para recibir el Premio Príncipe de Asturias. Nuestra sede, un edificio rodeado de jardines y con amplia recepción, abría sus puertas como cada día a los muchos visitantes, expertos y personal que llegan de todos los países del mundo. El nombre de Asturias estaba en boca de todos. Todos han situado Oviedo en el mapa y han sabido más de la importancia y visibilidad del premio. Yo les he invitado a todos a sidra, lo cual hizo que hubiera internet muchas busquedas para entender bien que era esa bebida.
Brillaba de forma especial el emblema representativo de la OMS, en el que la serpiente de Esculapio se enrosca en su vara y en el símbolo de las Naciones Unidas.
En nuestra biblioteca, los mas viejos tratados sobre la peste, que datan del 1507 o de epidemiología, del 1518, seguro que han tenido unos segundos de vida, al ver que sus viejas batallas contra la enfermedad tienen hoy mas sentido que nunca. Aquí, en esta sede, trabajamos algunos, pero nuestros colegas de la OMS disfrutan del premio en muchas oficinas levantadas alrededor del mundo. Desde El Cairo hasta Manila, desde Sudan a Nicaragua, desde Pakistán hasta Finlandia, en Brazaville, en Madagascar, en China o en Brasil, en las capitales o en el terreno, allí están adentrándose en lugares remotos persiguiendo mosquitos, virus o parásitos, negociando leyes, formando personal y ofreciendo asistencia técnica.
Miles de funcionarios tenemos el privilegio de trabajar en la OMS, de poder poner en marcha esta maquina que no tiene otra función que «influenciar», en el sentido más noble y más recto de la palabra, poniendo en marcha políticas destinadas al bien común. Políticas no sólo para promover la ausencia de enfermedad, si no para lograr un estado completo de bienestar físico y mental.
Tenemos el privilegio de convocar a los más destacados científicos y expertos del mundo, para que usando su ciencia podamos acordar protocolos de tratamiento, normas o acuerdos preventivos, recomendaciones de salud de todo tipo. Ese es el poder maravilloso de la OMS que ha sido recompensado. El verdadero poder que reside en las personas que bajo este nombre han sido convocadas a contribuir con su ciencia. Personas que sienten que esta organización es suya, de todos. Cuando los diplomáticos se reunieron en el 1945 para formar las Naciones Unidas, decidieron poner los cimientos para la creación de una organización global para la salud. El 7 de Abril 1948 su corazón empezó a latir y ya no se va a parar y latirá cada vez con más fuerza para llevar con su riego la salud al mayor numero posible de personas. A ellas nos debemos.