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Premios Príncipe de esperanza contra la crisis |
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La educación, la salud y el trabajo compartieron reclamos en la ceremonia del Campoamor con la necesidad de hacer de la crisis cuna de «esperanzas y también mayores logros». Berlín y Cooper y Tomlinson se llevaron los aplausos más intensos

PACHÉ MERAYO
Alfombra azul, flores sobre el fondo del escenario, las partituras en los atriles. Lleno absoluto en el Teatro Campoamor. Es la tarde de los Premios. «Una tarde iluminada por la luz de la libertad y de la cultura», advertía el Príncipe de Asturias, tras las gaitas y el himno, aplaudidos los sones cortesanos de John Adson, culminada la coreografía de los galardonados y escuchados los discursos de los elegidos. Una tarde que se tiñe cada otoño, desde hace 29, de emociones y recuerdos, de reconocimientos y de justas reclamaciones. Las de ayer clamaron por la educación sin barreras, por la salud para todo el planeta, incluído el propio planeta, y por el trabajo como única posibilidad de cerrar la «herida» en la «dignidad» que ha abierto en todo el mundo el desempleo. Una herida que sólo será cicatrizada si recordamos «las inagotables lecciones de la historia», en palabras de don Felipe, que nos ha enseñado, dijo, que «las mayores esperanzas y los mayores logros nacen de las más grandes dificultades».
Y no fue el Príncipe el único que asomó su voz a la gran llaga económica internacional. El rector de la Universidad Autónoma de México, José Narro, que respondía con discurso agradecido al Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, invitaba como el Heredero a «aprovechar la oportunidad que ofrece el fracaso del sistema financiero», precisamente para «proponer nuevos esquemas de desarrollo que permitan recuperar la esperanza». Narro, que subía al escenario tras el británico paso de Lord Norman Foster, Premio de las Artes, se dejaba ver en el momento preciso en que los aplausos y la presentadora hallaban el justo punto de encuentro. Ella anunciaba, las palmas sonaban, cosa que no sucedió con la entrada de los representantes de la Organización Mundial de la Salud (Premio de Cooperación Internacional), encabezados por Margaret Chan, que toparon con una platea tan entregada al reconocimiento sonoro que era prácticamente imposible escuchar la elegante voz que proclamaba cada identidad y el galardón que le correspondía.
Tras el rector, el escritor. Ismaíl Kadaré, Premio de las Letras, de paso lento y seriedad implacable, supo ganarse al teatro. No ya en el paseíllo hacia el escenario, sino en el escenario mismo. Su metáfora del Quijote para describir el «milagro de la literatura», en el que dijo creer por «ingenua» y «antigua» que sea esa idea, frente a otra más «moderna», que asegura que «el arte no sirve a nadie excepto a sí mismo», hizo viajar un leve, pero colectivo murmullo de admiración por todo el Campoamor.
Hablaba el autor albanés del poder de las letras, de su independencia, libertad y ausencia de lindes geográficos o físicos y para demostrarla contó que en plena imposibilidad de relaciones entre su país y España, «un caballero solitario, despreciando la leyes del mundo, cruzaba cuantas veces se le antojaba la frontera infranqueable». Se refería y gustó su referencia al hidalgo de Cervantes. Kadaré triunfó con su reflexivo discurso, pero también cuando, ya más relajado y sonriente, saludó a pie de escenario al público con la mano abierta, como quien se sabe en cierto modo ya en casa. Y si la sonrisa del Premio de las Letras cautivó, más aún la de la atleta Yelena Isinbayeva, que feliz por su Premio de los Deportes, no dejó de agradecer al Príncipe de Asturias las palabras que éste le dedicaba desde el atril, cuando, como había hecho con el resto de los premiados, hacía acopio de sus virtudes y hablaba de «su voluntad férrea y poderosa fortaleza de ánimo». Pero lo que más gustó a la «mejor atleta del mundo» fue cuando don Felipe expresó su deseo de que el «ejemplo extraordinario» de la deportista «se inculcara en la juventud».
Entre la joven Isinbayeva, que provocó admiraciones colectivas por su vestido, incluso en el palco real, donde doña Sofía exclamaba un sincero «¡que guapa!» compartido con la princesa Alia de Jordania sentada a su izquierda, y el veterano escritor, desfilaron sobre la alfombra roja intentando seguir el paso que marcaban los ocho instrumentos de viento situados en lo más alto del teatro, el naturalista David Attenborough, también coronado con título británico (Premio de Ciencias Sociales) y los dos inventores Martin Cooper y Raymond Tomlinson, que se llevaban con el diploma en la mano uno de los aplausos más intensos de la ceremonia. Compitieron sólo con ellos los tres alcaldes de Berlín (Concordia), el actual Klaus Wowereit y los que gobernaron antes y después de la reunificación, Walter Momper y Eberhard Diepgen. Los tres unidos por las manos se ganaron la ovación, que precedió al discurso de quien representó a la ciudad premiada ante el micrófono sin olvidar los acontecimientos más oscuros de su país, marcados por el totalitarismo que representó el muro derribado hace 20 años, pero también por «el asesinato de seis millones de judíos europeos». Y es que «Berlín reconoce su historia», dijo claro y alto Wowereit, que hizo el esfuerzo de iniciar y culminar su intervención en español. Algo que la platea agradeció como la sinceridad con la que Margaret Chan habló de una de las lacras del siglo XXI, que «los avances de la medicina hayan dejado de lado a demasiadas personas» y que «los diferentes niveles de ingresos» determinen el derecho a la salud. Y para ilustrar su dibujo utilizó el virus de la gripe A: «Cuando llegue a todos los países quedarán en evidencia las grandes diferencias que existen en cada país. Un mundo con tan graves desequilibrios en sanidad no es un mundo seguro».
Sonaban sus palabras después de las de Matías Rodríguez, que marcaban ya el camino hacia el 30 aniversario de la Fundación que preside, y a cuya celebración se llegará ya sin Graciano García como su director, una de las personalidades sobre las que ayer todos tenían puesta la mirada. Entre ellos el Príncipe que sin mentarle le lanzó un abrazo verbal de agradecimiento por «haber hecho posible la gran obra de la Fundación». No fue ese el único gesto de cariño del heredero de la Corona, que quiso recordar a Sabino Fernández Campo, «nuestro querido Sabino», cuya salud ha empeorado en los últimos días y que «siempre ha estado presente en nuestro camino». El Príncipe, a cuyo discurso acudieron Octavio Paz y Unamuno, para refrendar la posibilidad de hacer reales los sueños y de prolongar las grandes obras, calificó a los premiados como «modelos supremos de esfuerzo sacrificado, inteligencia, nobleza y espíritu de superación». Siempre ante la atenta mirada de la princesa Letizia, a quien seguía relajada desde la quinta fila su madre, Paloma Rocasolano, don Felipe habló de una sociedad que deja de ser industrial para ser «de la comunicación y el conocimiento», en la que la educación es «fundamento del éxito colectivo de las naciones» y el trabajo, un reflejo de la dignidad, lo mismo que el paro es una preocupación «principal», que «exige a los Estados», dijo contundente «protección social». Es «nuestra responsabilidad», aseguró, finalmente, «situar a España en el lugar que le corresponde y, sin duda lo conseguiremos». A esas palabras de esperanza siguieron los sones de las gaitas. El Campoamor en pie, los Príncipes entonando el himno y los últimos aplausos para la «fiesta de la cultura y de la concordia».
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