El Príncipe llama a trabajar «codo con codo» para situar a España «en el lugar que le corresponde en el nuevo mundo que se está configurando en los albores del siglo». «Tengo plena confianza en la capacidad que tenemos los españoles para construir un futuro más sólido y equitativo, de prosperidad y bienestar que anhelamos».
M.F.A.
Fue el de ayer un discurso comprometido que sirvió para retratar la España de hoy en un mundo en crisis, para denunciar los altos niveles de paro que sufre el país y para llamar a todos a trabajar «codo con codo» para que la situación mejore. Don Felipe de Borbón, que siempre se sirve del Campoamor para dar voz a sus inquietudes, volvió a dibujar ayer un mundo globalizado y multicultural en constante transformación que requiere de valores y cooperación entre los estados. En ese contexto, el temible paro: «El paro, que es la consecuencia más dolorosa de la crisis económica que vivimos, hiere nuestra dignidad como seres humanos y constituye nuestra principal preocupación», señaló don Felipe. Continuó el Heredero de la Corona hablando del desempleo y señaló que «exige que los Estados faciliten a quienes se encuentran en esa situación la necesaria protección social, al tiempo que poner en marcha todos los medios precisos para que los jóvenes puedan encontrar trabajo y los desempleados puedan reincorporarse cuanto antes a la vida laboral». Dicho esto, el Príncipe no dudo en afirmar que en España la crisis económica «nos muestra que necesitamos nuevas bases para crecer y generar empleo, que hagan posible que los ciudadanos puedan desarrollar sus vidas y las de sus familias con dignidad, seguridad y confianza en el futuro».
El escenario retratado por el Príncipe ante el auditorio del Campoamor sitúa a España y al resto de naciones ante «una encrucijada». Pero lejos de acudir al pesimismo, don Felipe quiso dejar claro que los grandes logros nacen de las dificultades. «Tengo plena confianza en la capacidad que tenemos los españoles para construir un futuro más sólido y equitativo, de prosperidad y bienestar, que todos anhelamos».
Llamó don Felipe a una reflexión colectiva y «profunda» para afrontar el futuro. Pero también pidió algo más que palabras. «Trabajemos, en fin, cohesionados, codo con codo y hombro con hombro, con espíritu constructivo, con confianza e ilusión», afirmó. Con generosidad, con sentido de la responsabilidad, con el interés general como bandera, con tolerancia, esfuerzo, sacrificio y respeto único... Con todos esos ingredientes ha de afrontar España una nueva era: «Inspirémonos en estos principios y situemos a España en el lugar que le corresponde en este nuevo mundo que se está configurando en los albores del siglo XXI. Es nuestra responsabilidad. Es la responsabilidad de todos. Es lo que los españoles demandan y lo que juntos, sin duda, conseguiremos», concluyó don Felipe entre los aplausos del público del Campoamor.
Fue en la parte final de su discurso cuando el futuro Rey acudió al mundo de hoy, porque antes el protagonismo lo tuvieron los logros del ayer de los galardonados y también el hoy de los premios que llevan su nombre. No se olvidó don Felipe en su discurso, con citas a Unamuno y Octavio Paz, de que el próximo año los galardones celebrarán tres decenios buscando el reconocimiento de la excelencia. «Son nuestros galardonados modelos supremos de esfuerzo sacrificado, de inteligencia, de nobleza, de espíritu de superación y cuantas cualidades enaltecen a los seres humanos», afirmó. Y tuvo también palabras para la tierra que acoge los premios: «Desde esta hermosa y culta ciudad de Oviedo, desde esta querida tierra de Asturias, nuestros premios han expresado año tras año ante la comunidad internacional el compromiso firme de España con los valores que ennoblecen y dignifican nuestras vidas».
Pasó después don Felipe a elogiar, uno por uno, a todos los galardonados. El primero de ellos fue Norman Foster, «uno de los grandes arquitectos de la era global», un hombre que ha firmado proyectos de «personalidad inconfundible» capaz de hacer realidad una «arquitectura delicada y rotunda, poética y moderna, libre y transparente».
La Organización Mundial de la Salud, galardon de Cooperación Internacional, recibió después las hermosas palabras de don Felipe. «La atención sanitaria es un derecho universal; y, en consecuencia, el progreso de la humanidad tiene en la salud y en la extensión de los cuidados médicos –y de los avances científicos– uno de sus más singificativos y trascedentales factores», aseguró antes de decir que sobre la OMS descansa «una parte importante de la salud pública de todos los pueblos de la Tierra».
Del naturalista británico David Attenborough, elogió «su pasión inagotable» y una obra que «siempre contagia emoción, admiración y asombro ante la maravillosa diversidad de la Tierra y sus culturas».
La Universidad Nacional Autónoma de México tomó el relevo en el discurso del futuro Rey, de la que dijo que «es mucho más que una universidad en el sentido tradicional. Y es así porque «ha contagiado a la sociedad mexicana y a la de muchos otros países iberoamericanos el culto a la justicia, a la tolerencia y a la democracia».
El premio de Investigación Científica tuvo este año dos rostros de nacionalidad estadounidense, los de Martin Cooper, inventor del teléfono móvil, y Raymond Samuel Tomlinson, que hizo realidad el correo electrónico. «La comunicación fluida y en libertad es uno de los grandes hallazgos de nuestros días y, en particular, el teléfono móvil y el e-mail son dos de las innovaciones tecnológicas más significatidas de todos los tiempos que están teniendo, como consecuencia, un profundo impacto social del que todavía no conocemos todo su alcance».
Fue después el turno de Ismail Kadaré, cuya obra definió don Felipe como «llena de lucidez, hondura y vigor», en su producción tanto como novelista como poeta. Pero más allá del arte, el Premio no sólo ha querido reconocer a un gran escritor, sino también al hombre que siempre ha cantado a «la tolerancia y la libertad».
Don Felipe se refirió después a Yelena Isinbayeva, de quien destacó su «voluntad férrea, una poderosa fortaleza de ánimo, un valeroso espíritu de superación y una gran sensibilidad sin la cual nada sería el espíritu deportivo».
Por último, el Príncipe tomó rumbo a Berlín –«que hoy está en Oviedo»–, para recordar que el año que cayó el Muro «se inauguró una nueva época, tal vez más incierta e imprevisible, pero más humana y más libre», dijo. Y añadió después que hoy Berlín «es una gran capital europea, símbolo sobre todo de esperanza». Es también una referencia mundial en materia de «cultura, creatividad y convivencia». |