El público asturiano fue fiel a un espectáculo que se repite en las puertas del Campoamor y en el que los Príncipes y la Reina fueron protagonistas
MIGUEL MORÁN
Como el té de las cinco y la marmota de Punxstawnwey que anuncia la llegada de la primavera, Oviedo acude cada año fiel y puntual a su cita otoñal. Cientos de personas cumplen con el ritual anual de observar frente al Campoamor y el hotel de La Reconquista a galardonados e ilustres acompañantes. Desde hace 29 años, la ceremonia de los Premios Príncipe de Asturias es la boda repetida que distrae al pueblo de la crisis. Si no fuera por algún «¿quién ye esi rapaz?» más de uno pensaría que la vieja Vetusta es por unas horas la Viena imperial en la boda de Sissi. Hasta el premio de las Letras Kadaré no tenía claro si lo que iba a recibir aquí era un título nobiliario.
Carla de 4 años esperaba, flores en mano, desde las diez de la mañana detrás de una de las vallas azules que como el río Bravo separaban dos mundos: el de los sueños cumplidos y el de los que todavía anhelan. «Piró clase y la piscina», aseguraba su madre. Todo por darle el ramo a la princesa. El protocolo lo impidió, pero ella tras la cabalgata adelantada se marchó feliz. «De mayor no quiero ser princesa, porque ya lo soy».
Inés Antuña de Tuilla posee un récord: lleva 22 ediciones detrás de la valla sin pisar la alfombra azul que conduce al edén. «Seguiré viniendo hasta que se lo den a David Villa» e índice arriba argumenta sus razones «ye tan buenu como Alonso y ya no ye tan joven, que el año pasado se lo dieron a Nadal, eh».
Las horas previas a la entrega se consumen entre un nerviosismo disimulado. Toda la ciudad se engalana. Ayer, amanecieron con rimel hasta las estatuas y los pavos, sólo los reales, por supuesto, campaban a sus anchas por los aledaños del hotel de La Reconquista. Los cientos de madrugadores ya copaban antes de las once de la mañana las mejores vistas a la fachada del Campoamor. Un grupo variopinto y bullicioso venido desde diferentes puntos de la geografía asturiana desde Gijón a Cudillero gritaban con cada rostro conocido. «Esi no ye el de la patronal, calla, boba si ye de un sindicato», se oye al paso de tres trajeados. Choni Berdalles, una del grupo, «de Gijón y asturiana de pura cepa» le cogió el gusto a la ceremonia desde que «Letizia se casó con el Príncipe. Ye tan guapa..., pero pal Príncipe, eh, pa mí, no». Para que no haya dudas de su pulsión monárquica alza a la muñeca Leonor, con el uniforme escolar como si acabase de recogerla del colegio. «No haz nada, ni llora, ni se mea», afirma.
Gaitas
El foco señalaba antes de las seis a la puerta del hotel de La Reconquista donde desfilaban los galardonados. Dos bandas de gaitas, la de Candás y la de Navia, la Reina del Truébano amenizaba sus salida. Luis Feito su director esperaba su turno para tocar. ¿Cuándo os toca? «tranquilo que lo váis a notar», señala divertido. A unos metros, Asunción y Matilde, andaluza y extremeña, respectivamente acababan de dejar a sus respectivos en el hotel y habían interrumpido sus vacaciones por unas horas para ver el espectáculo. «Una sevillana no se pierde un sarao como este», confirma una de ellas mientras enumera una a una desde la boda de Francisco Rivera hasta la de Elena de Borbón todas las ceremonias en las que estuvieron cerca de 'famosos'. «Los andaluces estas cosas lo vivimos más. La Semana Santa nos da mucho callo para este tipo de eventos».
Revilla, qué maravilla
Los primeros invitados ya estaban dentro del Campoamor y la temperatura no se caldeaba «Tanto esperar para nada», se oía. Hasta que llegó él. «Revilla, qué maravilla» y el presidente cántabro se dirigió al público. Abrazos, «queremos que gobiernes en Asturias» y hasta un doble emocionado que todavía vive en la disyuntiva de no saber a qué cántabro se parece más: al político con el que se abrazó ayer o al entrenador del Sporting, Manuel Preciado. Miguel Ángel Castro había cumplido, dos décadas después tenía una buena foto y los hurras de su público. Hasta le sacó una exclusiva al presidente montañés. «Mañana actúo en La Noria», le soltó éste.
A partir de entonces ya nada fue igual. Ambiente festivo y veda abierta para el piropo o la crítica. La moda era el objetivo de los dardo envenenados. «Vaya taconazos, así esto guapa hasta yo. En el fondo son como nosotras». «Tanto estudiar protocolo pa llevar el visón en los hombros», había para todas y todos. «Vaya sosón», le soltaron a un cabizbajo Kadaré que no levantó la cabeza ni cuando le chillarón «si él era el del móvil». El del móvil, Cooper, pasó y lanzó besos, «Qué mono», gritaban.
En un día como el de ayer había una justificación para casi todo. «Si están más feas esti añu ye por la crisis», decían. Pero todo es secundario, porque para la mayoría todo lo que allí había ocurrido hasta ese momento era como ir un concierto de los Stones y marcharte en los teloneros. Los Stones, con perdón, eran la Princesa y la Reina, por ese orden. La pena que a doña Letizia se la viese poco, pasó rápido y muy delgada. «Llevábala yo a comer corderu a la estaca a Sobreescobio», recetó algún gastrónomo.
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