El escultor Richard Serra estrena el palmarés de las Artes por su «audacia» y «dimensión universal»

El señor del acero, el poeta del espacio, el gran maestro de la escultura de nuestro tiempo une ahora a su larga lista de títulos honoríficos el mayor de las artes que se concede en Asturias. Richard Serra es desde ayer miembro del selecto club de los Premios Príncipe (después de cuatro intentos fallidos), estrenando además con su galardón la edición del 30 cumpleaños de la Fundación. Y lo es por la «dimensión universal» de su obra y la «audacia» demostrada al «vertebrar desde una perspectiva minimalista los espacios urbanos más significativos a escala internacional». Así lo argumenta el jurado que hacía pública su decisión en Oviedo, en la voz de su presidente, el exministro José Lladó.
El nuevo Príncipe de las Artes, nacido en San Francisco en 1939, hijo de español, es uno de los creadores más importantes del mundo y así lo defendió Rosina Gómez-Baeza, impulsora en la mesa de deliberaciones de la candidatura, propuesta por Carmen Giménez, comisaria de la Fundación Guggenheim de Nueva York y especialista en su obra, perspectiva desde la que asegura que, «ha radicalizado la escultura, desde la tradición de Brancusi». Ambas expertas saben que Serra, como manifestaba ayer el arquitecto Norman Foster, «es el más grande escultor vivo. El maestro que con sus «piezas de gran potencia visual» no sólo crea arte, sino una invitación «a la reflexión y al asombro». Hechos que también fija para siempre el acta del premio rubricada por todos los jurados.
«Muy vinculado a la mejor tradición del arte europeo», Serra, educado en Berkeley y Yale, deudor confeso de Oteiza, es un artista «polifacético que se expresa en formas contundentes y conceptos sugestivos». De su mente y su mano nació la gran y sinuosa serpiente que se disfruta desde dentro y gobierna todo el espacio desde fuera en una de las salas del Guggenheim de Bilbao, la que lleva el nombre de Arcelor.
Serra es también el creador al que el Museo Reina Sofía perdió una obra de varias toneladas de acero ('Equal-Parallel-Guernica-Bengasi') y que volvió a consumar con grandes dosis de generosidad, pues ni protestó por la pérdida ni cobró por el reencargo. Pero es, sobre todo, ese creador que moldea el metal a su antojo, estirándolo y torciéndolo. Convirtiéndolo en un bello y deslumbrante espectáculo.
Cuentan que parte de su interés por la monumentalidad escultórica radica en que le gusta que los espectadores, convertidos en actores, penetren en el interior de sus impresionantes elipses para recorrerlas sintiendo sus experiencias espaciales, comprobando «las tensiones, el movimiento y el efecto desestabilizador que producen».
Sus creaciones son siempre enormes, inmensas, y tienen en el minimalismo su referencia esencial, del mismo modo que en el plomo, el hormigón y el acero, sobre todo el cortén (el de aspecto oxidado) su materia inequívoca. En alguna ocasión regó durante días alguna de sus obras para acelerar el proceso de oxidación que tanto le gusta y tanto le define.
Ayer recordaba el director del Guggenheim de Bilbao, Juan Ignacio Vidarte, que fue el primer artista al que adquirió una obra (precisamente la titulada 'La serpiente') para su colección propia en 1995, antes de que fuese inaugurado en 1997. Desde 2005, con el encargo del conjunto escultórico 'La materia del tiempo', su obra más importante según el propio Serra, «se ha convertido en parte de la esencia del museo».
Considerado uno de los escultores más relevantes de la segunda mitad del siglo XX, «ha contribuido a transformar de un modo radical los paradigmas estéticos». Y lo ha hecho, en palabras del director del Reina Sofía, Borja-Villel, que le considera un «imprescindible, «en una época en la que todavía nos cuestionamos qué es arte y qué no lo es».
Serra, gradudado en Ciencias y Literatura, además de en Arte, ha formado su mirada en París y en Florencia. Pero su pasión por su materia principal, el acero, la fraguó durante años de trabajo en una acería, que abandonó cuando comprobó que sus esculturas eran, además de bellas, rentables.
Su primera muestra individual titulada 'Live Animal Habitat' no se celebró en su país natal, si no en Roma. Con 28 años, en 1967 comienza a exponer en Nueva York. Desde entonces, ha mostrado su obra en los museos más representativos de Europa, América y Asia y está presente en las colecciones públicas y privadas más importantes del mundo. Sus primeros trabajos, entre los que se encuentra su obra 'Cinturones', expuesta en el Guggenheim de Nueva York, consisten en una serie de montajes en neón y caucho.
Entre 1968 y 1969 creó cerca de cien esculturas de plomo, entre las que destaca 'Splashing', que realizó arrojando plomo derretido contra una pared. En 1981 creó una de sus esculturas más espectaculares, 'Arco inclinado', para la plaza Federal de Nueva York; en 1983,'Clara-Clara', para la plaza de la Concordia de París.
En España su obra, además de en el Reina y en el Guggenheim, está presente en el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona. |