Opinión. Por Rosina Gómez-Baeza. Directora de Laboral Centro de Arte y Creación Industrial.
El arte contemporáneo a menudo sorprende, inquieta y provoca pero también puede resultar fascinante y hermoso. Atributos que se pueden aplicar a la obra del último Premio Príncipe de las Artes, otorgado al escultor norteamericano Richard Serra nacido en San Francisco en 1939, de padre de origen mallorquín. Cuestionadas las formas mas tradiciones de expresión artística en la segunda mitad del sigo XX, el artista manifiesta su individualidad plena desarrollando proyectos de gran originalidad y diversidad. La figura del artista pasa de ser la de un privilegiado que trabaja para las elites a buscar vías de relación con la calle. El propio Serra declara «el estudio (del artista) ha sido reemplazado por la industria y el urbanismo». A Serra se le deben algunas de las obras escultóricas fundamentales de un periodo irreverente en ocasiones pero innovador y fructífero. La historia del arte ya acoge entre sus elegidos y se hace eco de la extraordinaria producción artística de este escultor polifacético y destaca la relación estrecha, ese dialogo que el artista mantiene entre EE UU su propio país y Europa, ya que la obra de Serra se encuadra en el genérico post-minimalismo, una de las mas representativas tendencias del arte del siglo XX a ambos lados del Atlántico. Al artista, por ejemplo, le interesó, y cito sus palabras «La investigación de Oteiza en el espacio, con relación a la forma, es algo que me ha potenciado a mí y a toda la historia de la escultura». La obra del ya tristemente desaparecido Jorge Oteiza, el gran escultor vasco y Premio Príncipe de Asturias, según se desprende de estas palabras, inspiró la propia búsqueda del artista norteamericano. Viajero incansable entra también en contacto con la escultura mozárabe en España que valora y estudia. Visita el Prado y durante la contemplación de Las Meninas se dice que tuvo la sensación de convertirse en protagonista al compartir el mismo espacio que los personajes representados por Velázquez. Este hecho le causó una gran impresión y empezó a valorar el espacio como parte de sus obras.La producción escultórica de Serra, de extraordinario dramatismo, se basa en unos principios constructivos muy simples. Entrañan una gran complejidad perceptiva y estimula la dialéctica entre el sujeto, el objeto y el contexto social. Serra sitúa al espectador en el centro de sus investigaciones y desvelos, interactuando con éste.
Comparte con Carl André, otro gran artista coetáneo, el interés por la producción industrial del momento debido a vínculos familiares y a su propia experiencia al trabajar en fábricas para pagar sus estudios. La obra de Serra, de gran potencia visual, invita a la reflexión, se interesa por materiales y procesos industriales, explota las posibilidades tectónicas para construir piezas sin «pedestal» que se acercan a la arquitectura en términos de escala y tamaño. Las esculturas de Serra son frecuentemente site-specific, es decir se incorporan o intervienen espacios concretos, definidos a priori. El artista, según manifiesta, estudia en detalle la topografía del lugar y sus características específicas como ejercicio previo a la concepción de la obra que deberá «formar parte de paisaje, incidiendo en la organización del espacio tanto desde el ámbito conceptual como perceptivo. Mis obras no son decorativas ni ilustrativas». Proyecta espacios de comportamiento que envuelven al espectador en una vorágine sensorial y psicológica de vocación metafórica e ilusionista, en algunas de sus últimas obras. A menudo reconoce la influencia que ha tenido en su obra las dos grandes universidades norteamericanas, Berkeley y Yale, en las que cursara estudios de literatura inglesa y bellas artes, estudios que comparte, en Yale, con algunos de los grandes artistas del momento, como es el caso de Joseph Albers.
Serra es exponente fiel de la capacidad de la escultura para generar diálogo entre hombre, materia y espacio.
|