Contemplando 'Las Meninas', el mayor descubrimiento de su vida, halló la vocación que le ha convertido en el escultor más grande. De pocas palabras y pasado rebelde, el nuevo Premio Príncipe de Asturias quiso ser artista tras descubrir a Velázquez
PACHÉ MERAYO
Quienes le conocen dicen que es más difícil sacarle tres palabras seguidas que una curva de acero. Serra, el último Príncipe de las Artes y el primero del palmarés de este año, es un hombre tremendamente serio. No hay más que seguir su gesto por las innumerables imágenes que el presente archiva de su paso por la vida para advertir que el escultor que ha logrado con sus monumentales creaciones convertir al hombre en una miniatura comparada, mermando casi hasta su condición humana, no es muy amigo de sonreír. Pero no siempre ha sido así. Cuando era más joven, cuando las cámaras no le perseguían, Richard Serra (San Francisco, 1939) era un auténtico bromista que llegó a ser expulsado de Yale temporalmente por gastar una broma pesada al artista pop Robert Rauschenberg durante una visita que hizo a la universidad.
Pero de Serra no importa su postura ante la vida, sino ante el arte, que halló en todo su esplendor una tarde de verano observando 'Las Meninas' de Velázquez en el Prado. Cuenta que ese fue «el mayor descubrimiento de su vida». En ese momento supo que quería dedicarse a explorar la relación entre el sujeto y el objeto y eso es lo que lleva décadas haciendo. Y en ese ejercicio se ha reconciliado con la esencia misma del hecho creativo.
Para el director del Museo Reina Sofía, Manuel Borja-Villel, el gran escultor de San Francisco, que chapurrea un poco de español por los orígenes de su familia paterna (de Mallorca), «supo entender y redefinir la obra de arte cuando a final de los años 50 y principios de los 60 las prácticas artísticas se debatían entre la autonomía formal y el compromiso político».
Es por esta y otras muchas causas, que se hallan en los recovecos de sus piezas, en sus tensiones, equilibrios y grandeza, por lo que Serra está considerado el mejor escultor vivo de todo el planeta. Un escultor que huye de las musas y asegura, como decía Picasso, que en esto del arte, como en todo, lo único que cuenta es estar al pie del cañón. Eso y hacerse unas cuantas preguntas para perseguir sus respuestas. «El trabajo surge del trabajo, no se trata de inspiración sino que al tratar de resolver un problema, a menudo se da con nuevas propuestas y nuevas formas», ha dicho en alguna ocasión.
Pese a su poca afición a verbalizar sus sentimientos Serra, que tiene en España alguna de sus obras más queridas, la polémica del Reina Sofía, las dos del Guggenheim de Bilbao, que valen por la mitad de toda la colección y entre las que está su escultura favorita ('La materia del tiempo') y un par de piezas más pequeñas en el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona, ha dejado varias perlas para el recuerdo. Una inolvidable es aquella que lanzó a los micrófonos del mundo cuando, en los años ochenta una votación pública decidió que se desmantelara su pieza 'Tilted arc', instalada en una plaza neoyorquina. Entonces proclamó que «el arte no es democrático». Más tarde en un intento de explicarlo aseguró: «Si la gente votase qué tipo de arte quiere en una plaza pública, elegirían a Walt Disney».
Prueba de que no lo han hecho es que su sello está en medio mundo, no sólo en las grandes capitales, en sus plazas, aeropuertos, estaciones y en los principales museos. Pero Serra, al que los especialistas colocan bajo la herencia de Brancusi, con el que compartió amistad, y que está considerado baluarte del minimalismo formal, no sólo es escultor, aunque lo es fundamentalmente.
Enamorado del País Vasco (gracias a él Frank Gehry, con el que ahora no se habla, levantó su impresionante arquitectura sobre la ría de Bilbao), admirador confeso y «espíritu gemelo» del gran Oteiza, Serra es también es un magnífico grabador, a cuyo lenguaje atienden los coleccionistas incapaces de llevarse a casa una de sus gigantes obras de acero. Pero también es un amante del cine con cierta producción fílmica. A finales de los 60 realizó una serie de películas, que se centran en la ejecución repetida y sistemática de tareas sencillas. En definitiva, un artista total con pasado rebelde y presente honoris causa.
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