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Xian, la leyenda emergente PDF Imprimir E-Mail
El Príncipe de Asturias despierta una historia, aún en gran parte enterrada, de un emperador que temía la muerte

PACHÉ MERAYO

La Fundación Príncipe no descarta traer a Asturias una parte del tesoro

En el momento mismo en que fue dado a conocer el Premio Príncipe a los arqueólogos de Xian a la Fundación llegó la primera sugerencia de que sus guerreros debían ser expuestos en Asturias, como ya lo fueron años atrás en Bilbao, Barcelona, Madrid y Valencia. «Es pronto para plantearlo», responden en la institución, donde, sin embargo, asumen la idea como extraordinaria, sin intención de descartarla. La exposición podría traer parte del tesoro que desde el primer hallazgo en los años setenta hasta hoy se extiende en cuatro fosas. En la primera, dispuestos en 11 pasillos de unos 3 metros de anchura y 200 de longitud, se encontraron 6.000 estatuas de guerreros, carros y caballos de terracota. Los arqueros cubrían las alas exteriores, la vanguardia la ocupaban también ballesteros, y los carros eran arrastrados por un tiro de cuatro caballos guiados por un auriga y defendidos por batallones de guerreros. En el interior de esta formación, el corazón del ejército. 36 hileras de infantes con armadura. La fosa, compuesta por 11 corredores y 10 diez rampas de acceso, estaba pavimentada con ladrillos. Cada uno de los corredores se separaba por una pared de tierra, mientras que una compleja cobertura de gruesas vigas de madera cubiertas de esteras enyesadas sellaba la gran fosa.

En mayo de 1976 se descubiró a unos 20 metros la fosa número dos. Mas pequeña, pero mucho más organizada, se destinaba a albergar la colección de figuras de caballería del ejército de Qin. Más de 1.400 piezas, entre caballos y caballeros, dispuestas en 14 filas, protegidas por una vanguardia de arqueros arrodillados.

Una tercera fosa, la 3, mucho más pequeña, apareció poco después. En ella se encontraban 68 figuras, compuestas en su mayor parte por oficiales, comandantes y generales, muy probablemente una unidad de mando.

Las figuras de terracota, de tamaño algo mayor del natural (entre 1,76 y 1,82 m), estaban hechas por piezas, por lo que las decenas de expertos siguen entregados hoy a un largo y meticuloso trabajo de restauración.

Existe una cuarta fosa, pero su contenido es nulo. Es la que obliga a pensar que se trata de una obra inacabada.

En 1980 se efectuó otro sorprendente descubrimiento. En el interior de un foso se hallaron dos carros de bronce de dos ruedas, con barra simple y tiro de cuatro caballos, que reproducen fielmente los carros de gala.
Hace 2.370 años, en pleno invierno, no se sabe si era noviembre y diciembre, venía al mundo en una China dividida entre estados feudales, Qin Shi Huang, el hombre que le tenía miedo a la muerte. El hombre que creó todo un ejército de valientes de terracota, jóvenes y viejos guerreros con diferentes gestos, armas y composturas con el fin de llevarse su poder a la tumba y salvaguardar para la eternidad su viaje al más allá. Qin Shi Huang fue el gran primer augusto emperador de la dinastía de los Qin. Eso quiere decir su nombre. El que lucía orgulloso al morir, pero lo cierto es que el emperador fue primero el joven Zheng. Nació príncipe. Pertenecía a la casa real de la dinastía Qin y con sólo 13 años subió al trono. Cuenta la leyenda que ya entonces empezó a pensar en su tumba, a idear el monumento funerario que hoy le recuerda en Xian extendido en una geografía subterránea de 56 kilómetros cuadrados, en la que todavía se esperan encontrar grandes palacios y hasta ríos de mercurio. Sus arqueólogos se han llevado el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales.

Corría el año 246 antes de Cristo cuando el rey Qin, Zhuan Xiang deja el trono Qin vacío. Zheng debe entonces gobernar, y aunque hereda toda la corte de viejos asesores, de los que se deshará pronto, la responsabilidad le obliga a crecer de golpe. Hay quien piensa que ésta le pesa tanto que se comporta como la causante de que sus miedos se multipliquen. Por eso esa mirada a la muerte. Convertido ya en emperador, título que se da a sí mismo, inicia la impresionante obra en la que, si no mienten las historias chinas, empleó a 700.000 hombres reclutados de todos los rincones del que ya era su imperio.

Quería que su morada eterna fuera la más espléndida jamás construida, quería sobre todo que nadie pudiera profanara su descanso. Por eso mandó construir 8.000 soldados a tamaño real, cada uno diferente al otro, que permanecieran para siempre, formados en posición de batalla, vigilantes ante su tumba y junto a ellos toda una manada de bellos caballos y algún carro de combate. Los estudiosos de la cultura asiática, como el director de Casa Asia, en Barcelona, Jesús Sanz, interpretan el enterramiento monumental como un símbolo «de querer arrastrar el poder hasta después de la muerte».

Cuenta la leyenda, por otro lado, que el tirano encargó a un grupo de artesanos instalar en la entrada de la cámara sepulcral ballestas que se accionaban por un mecanismo automático con el objeto de herir mortalmente a cualquiera que se atreviera a penetrar en sus aposentos mortales. Esto, que habla más de temor que de poder póstumo, todavía no se ha demostrado, pero lo que ya no forma, seguro, parte de ninguna composición romántica, pues no tiene fábulas, ni literaturas apostadas en su cauce, es la existencia de los guerreros, cuya realidad les ha convertido en la octava maravilla del mundo y cita inexcusable de cualquier viajero en China.

No hace, sin embargo, mucho tiempo que la famosa tumba del emperador Qin no pasaba la criba de los más escépticos. Hasta 1974 permaneció totalmente enterrada. Un descubrimiento fortuito de unos campesinos que estaban buscando agua sacó a la luz la primera prueba de este milenario secreto a voces. El primer hallazgo tuvo lugar hace 36 años, pero a él le sucedieron muchos otros. El último, que sacó de la morada subterránea 114 soldados más a los miles ya desenterrados, se produjo hace sólo un par de semanas. Quizá fue el detonante perfecto para que la candidatura que apostaba por los arqueólogos que trabajan en su conservaciónel y en el yacimiento abierto de par en par en Xian superara al resto de los candidatos al Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales, abriendo la primera ventana de la Fundación Príncipe a territorio asiático.

El galardón destaca el pasillo desplegado por el equipo de investigadores hacia un capítulo fundamental de la historia de las civilizaciones. Pero no los guerreros de Xian, la tumba imperial que custodian no es sólo una mirada al pasado. De hecho, el enterramiento aún no ha visto la luz en toda su plenitud. Se cree que permanece bajo tierra en su mayor parte.

Se tiene también la certeza de que los trabajos del complejo funerario nunca llegaron a ser culminados. Cuando Qin Shi Huangdi muere, a los 48 años de edad, la obra queda paralizada. Los estudiosos basan esta creencia en el hallazgo de una fosa vacía, un espacio subterráneo en el que no aparecen guerreros, ni caballos, pues el monumento está también repleto de animales y hasta de carros de combate. Sugiere para el equipo de investigadores este terreno desocupado, que en el año 210 a. C, cuando se cree falleció el emperador, no se construye una sola figura más de terracota. Incluso se ha llegado a decir que los artesanos que participaron en la gran obra quedaron enterrados con ella, llevándose sus secretos.

Aún no se sabe si, como aseguran las crónicas de la época, entre lo que queda por descubrir bajo el suelo estarán aquellos hombres y a su lado las grandes joyas del mundo, los palacios y las maravillas universales que Qin Shi Huangdi quiso construir para su morada final o, por el contrario, no le dio tiempo a llevarlas a cabo. Pero lo cierto es que aún se espera hallar a lo largo y ancho de los 56 metros cuadrados por los que extendió su profunda leyenda «una copia del universo con todas las maravillas bajo sus pies». Eso es lo que aún hoy se cree, intentó levantar para marcar su paso por la vida. El tiempo y los futuros hallazgos contarán la verdad de esos hechos, que en las guías de Xian describen no sólo templos de piedras preciosas, sino hasta ríos subterráneos de mercurio.

El historiador Sima Qian habla de esos cauces que «se hacían fluir mecánicamente y representaban el río Amarillo y el río Azul». Según él la tumba contenía «maravillas increíbles»; el techo de la cámara fúnebre era de «bronce salpicado de gemas como si de un cielo estrellado se tratara». Sima Qian describe el alrededor maquetas de palacios y espléndidos tesoros.

Lo que sí se conoce con fidelidad es que esa ciudad enterrada linda al Sur con el munte Li y al Norte con el río Weien y que el complejo monumental se compone de varias estructuras: el centro está constituido por el enorme túmulo sepulcral, que representa «una auténtica colina artificial». Y es que en el exterior se plantó todo tipo de vegetación para darle ese aspecto.

Los años transcurridos, dos milenios, y los cambios advertidos en la naturaleza no pueden demostrar esas creencias, pero lo que sí parecen haber confirmado ya los estudiosos es «la idea de que la tumba constituye una réplica de los palacios imperiales del templo, y que todo el complejo funerario es un auténtico diagrama cósmico».

Se conoce también el método utilizado para moldear las figuras. El cuerpo y las extremidades fueron trabajados sobre un molde. Los rostros, al contrario fueron realizados uno a uno, respetando rasgos distintos en cada uno de ellos, como si se hubiera copiado un ejército de verdad. La creencia es que fue reproducida la tropa completa que había servido al propio emperador Qin. La diversidad en la vestimenta y en el peinado hablan también de que diferentes estirpes y etnias entre las filas, que se ordenan por oficiales, comandantes y generales.

Todas las estatuas estaban pintadas de vivos colores, colores que desaparecían en contacto con el oxígeno cuando las figuras llevaban poco más de cinco horas desenterradas. Las primeras miles carecen totalmente de policromía, pero en las nuevos yacimientos se trabaja para hacer perdurar su paleta.

Otro dato más que curioso lo aportan las diferentes posturas de los soldados y la posición de las manos, que parecen empuñar armas que ya no están. Cuentan que la tumba fue saqueada durante la gran revolución que puso fin a la dinastía Qin y en aquel asanto se llevaron las armas.

Toda esta historia, con sus verdades y sus fábulas ha convertiro al bello territorio de Xian e una ciudad volcada en el tributo a sus guerreros. Todo en la ella les recuerda. Desde los chocolates que se venden en las tiendas de dulces, hasta los llaveros que cuelgan en las tiendas de recuerdos, en las que la figura de Qin Shi Huangdi, al que se debe ese enorme tesoro, Patrimonio Univesal de la Humanidad, no está demasiado presente. Y eso que el emperador Qin llevó a cabo no sólo la impresionante construcción de su mausoleo. A él se debe también, por ejemplo, la versión precursora de la actual Gran Muralla China. A pesar de toda la tiranía hoy está en los libros de historia como una «especie de colosal fundador en la historia China, que logró la unificación».

 

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