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Premio Príncipe contra el dolor |
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Su candidatura fue respaldada por seis Nobel, que consideran su labor un «nuevo capítulo en el conocimiento de las sensaciones». Linda Watkins, David Julius y Baruch Minke se llevan los laureles de Investigación
PACHÉ MERAYO
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| De izquierda a derecha, David Julius, Linda Watkins y Baruch Minke / EFE |
No hubo sorpresas. Los norteamericanos David Julius y Linda Watkins y el israelí Baruch Minke entraron ayer en el palmarés de los Premios Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica y lo hicieron por la puerta grande, con el aval de seis premios Nobel convencidos de que los tres investigadores, referentes mundiales en el campo de la neurobiología, han abierto «un nuevo capítulo en el conocimiento molecular de las sensaciones, en general, y del dolor en particular». Así lo afirma el Nobel de Medicina de 1991, Erwing Neher, pero es la opinión de todos. También del jurado presidido por el afamado cirujano Enrique Moreno, que apostó unánimemente desde Oviedo por colocar los laureles sobre la candidatura conjunta de Julius, Watkins y Minke. Su argumento, que les llevará el próximo otoño al escenario del Teatro Campoamor, se sustenta en otra puerta, ésta abierta a la esperanza. Aseguran en su fallo que los tres han logrado abrir «vías para paliar un mal que afecta a la calidad de vida de millones de personas».
Es por tanto este Príncipe de Asturias de Investigación un premio contra el dolor que participa de unos retos a los que se ha enfrentado desde siempre la medicina. Y en esa lucha Julius, Minke y Watkins han «cambiado completamente nuestra visión», asegura otro Nobel de Medicina, el de 2000, Eric R. Kandel.
Los tres «destacados investigadores» en neurobiología sensorial, cuya labor fue propuesta al galardón por el también Príncipe de Investigación Ricardo Milediun (1999), están detrás de ciertos descubrimientos que en su conjunto «permiten una comprensión más profunda de las bases celulares y moleculares de las diferentes sensaciones, en especial la del dolor».
Este paso significa no sólo que en unos diez años, como advertía el presidente de la Fundación Carmen y Severo Ochoa, César Nombela, miembro del jurado, pudiéramos estar viendo resultados notables de sus hallazgos, sino que hoy mismo su trabajo ya está dirigiendo a las empresas farmacéuticas hacia «una nueva generación de medicamentos específicos para el tratamiento selectivo de diferentes tipos de dolor, especialmente el crónico». El acta del jurado también destaca este hecho, partiendo de sus aportaciones «en la identificación de dianas moleculares» a las que dirigir esos fármacos.
Un canal para el tratamiento
David Julius (Broklyn, 1955) es el más joven de los tres. Profesor y director del Departamento de Fisiología de la Universidad de California, en San Francisco, «ha proporcionado pruebas de la existencia de un subtipo de neurona sensorial que responde a un amplio espectro de estímulos físicos o químicos de intensidad suficiente para causar dolor». Además ha identificado el llamado canal TRPV1, todo «un hallazgo», aseguran los expertos de cara al tratamiento del dolor crónico, así como al de los síndromes inflamatorios asociados a la artritis, el cáncer o el asma.
Nada más saberse ganador del Príncipe, manifestó el «altísimo honor» de ser reconocido «por contribuir a las ciencias de la vida y la investigación biomédica» y expresó la «gran satisfacción» de «compartir este premio con los doctores Minke y Watkins», cuyos descubrimientos, dice, «han contribuido a la comprensión de los mecanismos de las enfermedades, incluidos los relacionados con el dolor crónico y otras afecciones del sistema nervioso».
Nueva diana farmacológica
Linda Watkins (Virginia, EE UU 1954) es profesora del Departamento de Psicología y del Centro de Nerociencia de la Universidad de Colorado. A ella se debe el descubrimiento de «un nuevo agente del dolor».
Su trabajo ha permitido determinar cómo «todas las clases de analgésicos opioides activan una clase de células haciendo que liberen sustancias neuroestimulantes, que suprimen sus efectos calmantes, desarrollando tolerancia a los mismos, dependencia e, incluso, depresión respiratoria. Linda Watkins ha descubierto que estos efectos no se producen a través de los receptores opioides clásicos sino a través de un receptor distinto, denominado TLR4, lo que constituye una nueva diana farmacológica.
La percepción del mal
Baruch Minke (Tel Aviv , Israel) el más veterano de los tres, es profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén y director del Centro Wilhelm Kühne Minerva para el Estudio de la Transducción Visual, de la Sociedad Max-Planck. Su primer trabajo más notable fue la identificación de una nueva clase de canales iónicos, llamados TRP, que halló investigando la mosca de la fruta y que están implicados en la percepción del dolor, además de en la termosensación, la percepción de feromonas, del gusto, en la regulación del tono del músculo liso, la regulación cardiovascular y el control del crecimiento y de la proliferación celular. Tras conocer el fallo del jurado, Minke expresó su gratitud por el premio y al igual que David Juluis destacó el trabajo de sus compañeros de palmarés, asegurando que este galardón es «un tributo que indica la relevancia e importancia del trabajo científico independiente para avanzar en el bienestar de la humanidad».
Un logro que, en palabras de Erwing Neher, Premio Nobel de Medicina 1991, otro de los que apoyó la candidatura, ya es evidente en el hecho de que «varias compañías farmacológicas están actualmente en el proceso de desarrollar nuevas drogas que alivian el dolor a base de los descubrimientos de estos científicos».
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