Amador Menéndez. Científico y miembro del jurado
La nueva placa de la cocina vitrocerámica brilla con un color rojizo. Sorprendido, el niño acerca su manecita a la placa incandescente. Rápidamente la retira y sus lágrimas no tardan en aparecer. En su memoria se graban huellas permanentes de este encuentro doloroso: es muy probable que el pequeño jamás vuelva a colocar la mano sobre una placa incandescente. Sin embargo, no será ésta la última experiencia parecida, pues el dolor, como la respiración y los latidos cardíacos, forman parte de la vida.
Semejante alarma corporal resulta imprescindible. Lo demuestra un experimento de la propia naturaleza: algunas personas no sienten ningún dolor debido a un defecto congénito. Al no percibir el daño corporal deben aprender, con gran esfuerzo, a conocer los peligros. Sin embargo, el proceso de aprendizaje consciente o el redoblamiento de la atención puesta por los progenitores no suplen, en modo alguno, la percepción dolorosa. En general, estos pacientes fallecen en la primera infancia.
David Julius, Baruch Minke y Linda Watkins abren une nueva era en la Medicina. Sus avances en el conocimiento de las células y moléculas que transmiten las señales dolorosas proporcionan nuevas dianas farmacológicas para analgésicos específicos, capaces de paliar selectivamente diferentes tipos de dolor, manteniendo en estado de alerta el resto del organismo.
Con justicia son los nuevos Príncipes de la Medicina del dolor. |