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El regalo de vivir PDF Imprimir E-Mail
 El Príncipe de Cooperación acaba de premiar a las organizaciones de trasplantes, que obran el milagro de la vida para miles de personas.Para los familiares que autorizan la extracción de órganos es reconfortante saber que son útiles  Los trasplantes tienen dos caras. Son la vida y la muerte en estado puro. Pero para quienes dicen adiós es reconfortante saber que los suyos se van dejando un mucho de vida tras de sí. «Hace cosa de tres meses, en Gijón, falleció una chica de cuarenta y pocos años; yo tengo mucha amistad con la madre y al poco de la muerte me la encontré por la calle, le pregunté cómo estaba y me dijo: «Bien, dentro de lo que cabe, porque viendo cómo estás tú y sabiendo que doné todos sus órganos, estoy feliz porque sé que están vivos por toda Asturias». La historia la cuenta Honorino Argüelles, langreano afincado en Gijón trasplantado de hígado desde hace 19 años. Su operación fue en 1991, en Madrid, cuando en Asturias todavía no se llevaban a cabo implantes hepáticos, y sin ella no hubiera llegado a 1993. Él sólo sabe de su donante que era un joven malagueño y, aunque la curiosidad es también infinita, inagotable e indefinible, cree que es mejor así. Es mejor no saber, aunque no duda en reconocer que «me gustaría conocer a sus padres, abrazarles y decirles que gracias a ellos yo estoy vivo».

Hay algunos receptores que han llegado a conocer a las familias de sus donantes. Todo el mundo sabe de algún caso. Y Mari Carmen, trasplantada de riñón de 61 años, confiesa el suyo pese a que es consciende de que es contrario al espíritu de la ley española. Ella es la hermana de Julio Menéndez y ambos heredaron una insuficiencia renal de un abuelo fallecido en 1941.

Julio y Mari Carmen Menéndez son dos hermanos de Langreo y ambos están trasplantados de riñón. :: JUAN CARLOS ROMÁNAmbos pasaron más o menos por lo mismo. Medicación, más medicación, más tarde diálisis y al final esperar y esperar un trasplante. Es la historia de todos. Aunque en el caso de Mari Carmen la cosa fue más dura porque fue citada en una docena de ocasiones para las pruebas finales de compatabilidad con un órgano disponible para entrar en quirófano y se quedó otras tantas sin él. Quizá por eso, cuando hace once años después de cinco años y medio de diálisis, tuvo su nuevo riñón funcionando a las mil maravillas, no se pudo resistir a saber más. Tenía tres datos: Avilés, accidente y varón. Dio con su familia y hoy mantiene contacto frecuente: «A ellos les reconforta», sostiene, y recuerda que el día que les conoció «aquello fue llorar y llorar». Sabe que no ha hecho bien -«cuando se lo dije al médico casi me mata»- pero está feliz. Lo está porque lleva «once años de maravilla», porque desde los 24 años ha sufrido una enfermedad que ahora sólo está presente en forma de pastillas diarias para evitar el rechazo y revisiones periódicas. «Fíjate cómo será, que a mí operaron un 12 de marzo y en julio nos pusimos a pintar la casa. No tenía problema para hacer nada, tenía ganas, estaba estupendamente». Y así sigue. Esperando que nazca su primer nieto.
 
En su familia la alegría es doble. Porque Julio, que también es todo vitalidad y anda estos días metido en obras en su piso de Gijón, también pasó el mismo trago aunque su espera fue menor. «Me llamaron un 1 de noviembre, el día de los difuntos, pero no me tocó; luego, el 26 de noviembre, me volvieron a llamar y ya me tocó, era un riñón que vino de Santander», detalla este langreano de Lada, que, como todo trasplantado, recuerda la fecha de la operación exactamente igual que si fuera un cumpleaños.
 
Para todos hay un antes y un después de esa fecha. Hay una vida nueva que es un regalo que merece la pena disfrutar y celebrar. Por eso no importa la espera sin ir de vacaciones, siempre cerca del hospital por si hay que salir corriendo porque llega un órgano ni importan las pruebas ni importa nada. «Cuando a mí me llevaron para el quirófano iba como para la fiesta de les piragües», dice Jorge Montes. Su historia es de esas que estremecen. Él recibió un corazón en 1997, tres años después de autorizar la extracción de los órganos de su hijo. Dio de manera altruista y, aunque no era ese su objetivo ni muchísimo menos, recibió del mismo modo.
 
Debió ser tremendo aquel día de enero de 1994 en que, de viaje por Galicia, recibió una llamada informando de que su hijo, que contaba entonces 37 años, estaba ingresado en el Oviedo en el hospital. Cuando llegó a Asturias, ya estaba clínicamente muerto a causa de un derrame cerebral. A su otra hija le plantearon la donación y ella se lo transmitió a su madre y a él. A todos les pareció una buena idea. «Me lo vendieron muy bien», dice para justificar una decisión tan difícil en un momento tan dramático. Quizá la clave del sí estuvo en las palabras que pronunció Jesús Otero, el coordinador de trasplantes de Asturias. Y quizá también en cómo su mujer fue capaz de darle la vuelta a la tortilla: «Imagínate que nosotros pudiéramos recibir un órgano para salvarle la vida a él», dijo . Jorge sólo pudo añadir: «Adelante». Y firmar. «Se extrajeron el corazón, los riñones, los pulmones, y fueron distribuidos por distintos sitios», explica satisfecho de su decisión. Él, contrario a que se investigue el origen del donante y el destino de los órganos, sabe que su decisión fue la mejor para todos, incluidos él, su mujer y su otra hija, que encontraron el consuelo en la vida de otros. «Muchas veces voy por la calle Uría y pienso que me cruzo con él», dice.

Sabe que sus riñones sí están en Oviedo. Y sabe que el corazón que late en su pecho desde 1997 llegó a La Coruña, donde se le efectuó el trasplante, desde Santiago y era el de un joven de 25 años. «Yo siempre digo que no tengo 77 años, tengo 38», bromea este hombre que recuerda a la perfección la hora en la que recibió la llamada para ser trasplantado: «Un 9 de mayo a las 9 de la mañana. Mi hijo había nacido un 9 de mayo a las 9 de la mañana». Jorge, que está como una rosa, se recuperó en tiempo récord. En doce días salió del hospital. «Yo creo que me ayudó muchísimo haber dicho que sí a la donación sin saber lo que iba a pasar».
 
Jorge ha estado en los dos lados. La mayoría, sólo en uno. Sólo en el de las consultas de los médicos y el diagnóstico que da como única forma de continuar viviendo, al menos con calidad de vida, el trasplante. Honorino Argüelles es uno de ellos.

Primero le diagnosticaron una cirrosis y al poco entró en una lista de espera. Le llamaron dos veces. La primera vez, un 2 de de junio de 1991; la segunda, el día de San Mateo, a las ocho de la tarde. Se preparó en un pis pas, esperó a la ambulancia y se fue a Madrid. A las cuatro de la mañana estaba en el quirófano. Once horas y medio después era otra persona. «Te cambia la vida cien por cien», reconoce, lo mismo hace que Vicente Solano, gijonés de 59 años, operado también de trasplante hepático en 1997 en el Hospital de Valdecilla. «Cuando te dicen que te tienes que trasplantar se te viene todo encima, piensas en la mujer, en los hijos...». Luego la cosa cambia. Tras la operación, son otros. Vicente y Honorino saben que están estupendos, que son enfermos crónicos, que pueden hacer de todo pero se tienen que cuidar y que nadie les libra de un buen atracón de pastillas diarias para evitar el rechazo. Pero, por lo demás, divinamente.
 
-«Oye, en las fotos, que no se nos vea la barriga ».
-¿Qué pasa? ¿Tenéis algún problema con la barriga los trasplantados de hígado?
-No.... (Risas) Es que nos riñe el médico porque comemos mucho.
 
El agradecimiento es infinito, inagotable, interminable. Es indefinible. No hay palabras suficientes porque se entrecortan. Porque quienes llevan un hígado, un corazón, un riñón o un pulmón de otro tienen a ese alguien muy presente y son incapaces de hablar de él o ella sin emocionarse. Esa persona es solamente un sexo, una edad, un lugar y una razón de la muerte. No es nada más porque la ley española prohíbe conocer detalles sobre la identidad del donante, pero es suficiente para quienes saben que viven gracias a la generosidad de unos padres, una mujer o unos hijos que autorizaron la extracción de órganos para trasplantes.
 
El miércoles el jurado del Premio Príncipe de Asturias falló otorgar a la Organización Nacional de Transplantes (ONT) y a The Transplantation Society (TTS) el galardón de Cooperación Internacional. Y el mismo miércoles ardía el teléfono de Julio Menéndez, langreano de 69 años trasplantado de riñón diecisiete años atrás y miembro de Alcer. «No lo crearás, pero me alegré como si me hubieran dado el premio a mí», dice. «Estaba viendo el Telediario y me emociné tanto que llamé a no sé cuántos amigos, oye, ye una cosa que estás viviendo tú». Lo vivieron el pasado año en Asturias 88 familias, las que esperaban y obtuvieron un órgano para uno de los suyos, y lo vivieron con dolor -también infinito, inagotable, indefinible- las 45 familias que en ese mismo periodo tuvieron que firmar el consentimiento para la extracción de órganos.
 

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