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El Campoamor, en pie en recuerdo de las víctimas del terrorismo PDF Imprimir E-Mail
Los emocionados discursos de Cohen y Muti y los héroes de Fukushima fueron los grandes protagonistas
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«El recuerdo de Jovellanos y la ejemplaridad de nuestros premiados iluminan este solemne acto», decía el Príncipe de Asturias para cerrar discurso y ceremonia. Pero hubo muchas más luces en el rito que se celebró ayer en el Teatro Campoamor de Oviedo. Las puso la paz después del terror, a la que hizo referencia don Felipe nada más emprender el que está considerado su alegato más personal de cuantos emite durante todo el año. Las transmitió su llamada a volver la mirada, «todos unidos», hacia las víctimas de ETA, para «rendir el homenaje más emocionado a su memoria, a su dignidad». Una llamada que fue recibida con el teatro puesto en pie y el aplauso, sino más intenso, sí el más prolongado y sentido de toda la velada.

Luces transmitió también la búsqueda de la belleza que inspiró gran parte de las intervenciones. Y no sólo las del poeta y el músico, que como mandan los cánones del arte y la razón mecen su voz en el esplendor de lo perfecto, sino la del científico Arturo Álvarez-Buylla (Premio de Investigación Científica y Técnica), que para hablar de la complejidad del sistema nervioso y la enorme historia aún por descubrir del cerebro humano, habló de la extraordinaria «hermosura del conocimiento». A la belleza recurrió igualmente el director de orquesta italiano Riccardo Muti (Premio de las Artes) en un breve pero brillante discurso improvisado, que describió el odio y las guerras como una demostración de que «no hemos encontrado la armonía». «Mi tarea como músico», dijo, «es dirigir a Verdi y a Strauss, pero también hacer que con la música se llegue a la hermandad, a la belleza».

Los héroes de Fukushima (Premio de la Concordia), unos de los grandes protagonistas de la noche, intensamente aplaudidos tanto a su llegada como tras recoger en la más estricta formación su galardón, no se quedaron atrás. Nadie duda, ayer nadie lo hizo, que pocas cosas pueden ser más hermosas que la valentía, cuando ésta se traduce, como advirtió el Príncipe de Asturias, en «la grandeza de espíritu que», como en el caso de los trabajadores japoneses de la central nuclear afectada por el fatídico tsunami, «nos mueve a hacer el bien, a renunciar a todo por los demás».

Luces también aportó Ramón y Cajal, mentado varias veces como antecedente imprescindible de la «belleza» lograda en el laboratorio de los investigadores destacados. Lorca, que vive para siempre en la voz de Leonard Cohen (Premio de las Letras), iluminó igualmente la noche ovetense, con el relato del poeta cantante que ayer contó que su guitarra española sigue emitiendo el olor fresco del cedro con el que fue hecha, lo que le hizo reflexionar bajo la atención de todos, especialmente de la Reina que le seguía con su perenne sonrisa desde el palco presidencial, sentada al lado del ministro Gabilondo: «Eres un hombre viejo y todavía no has dado las gracias», dijo Cohen con el sombrero esta vez en la butaca y la mano siempre en el corazón. «No has devuelto la gratitud al suelo, a la tierra de la que viene esa fragancia». Ayer lo hacía con creces ante una platea entregada a la sencillez de su discurso, aplaudido con suma intensidad. Más si cabe que su propia entrada en escena, en la que fue mejor recibido el etíope Haile Gebrselassie (Deportes) caminando, como todos, al son de la pieza para viento y metales que compuso en los albores del siglo XVII el británico John Adson y que, interpretada en directo, se ha convertido ya en la banda sonora de la emotiva coreografía en la que se desarrolla cada año el paseíllo de los premiados.

Ataviado con traje de gala típico de su país, Gebrselassie contó con una complicidad especial en el público. También se la mostró el Heredero al hacer mención de sus virtudes. Le dedicó don Felipe al atleta solidario más tiempo que a ninguno de los demás premiados. Y es que aprovechó el Príncipe, tras hablar de «su fuerza de voluntad y espíritu de sacrificio», para hacer otra llamada. Esta vez de atención hacía su país y otros lugares del mundo en los que aún se muere de hambre. Una palabra, que como él mismo expresó, «dicha aquí en esta tarde de cultura y de concordia, resulta aún más dramática. No podemos irnos una vez más a nuestras casas sin reflexionar sobre esta tragedia, injusta y cruel».

Uno a uno, cada galardonado de este año, los mentados y también Bill Drayton (Cooperación Internacional), que aplaudió al público; la Royal Society (Comunicación y Humanidades), cuyos representantes ayer en Oviedo -su presidente Paul Nurse, y su directora Julie Maxton- se chocaron las manos al borde del escenario en un gesto muy lejos de la flema británica que se les presuponía, y Howard Gardner (Ciencias Sociales), que saludó con la palma abierta en una actitud de plena camaradería, también fueron dejando su impronta en la voz del Príncipe, que de todos dijo son «un compendio de valiosas trayectorias y ejemplos» a «presentar en la sociedad como modelos positivos en los que reconocerse y a los que emular».

Don Felipe, que emitió un nuevo canto de esperanza para mirar el futuro y observarlo sin crisis en el horizonte, hizo, como haría momentos antes el presidente de la Fundación, Matías Rodríguez Inciarte, un sentido recordatorio para con el secretario general de la institución fallecido el año pasado, Juan Luis Iglesias Prada, del que recordó su entrega y entusiasmo. Dos cualidades que definen, junto a la excelencia, la esencia de todos los premiados.

 

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