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San Tirso, para llevárselo a casa PDF Imprimir E-Mail
Los vecinos llenaron las calles del Pueblo Ejemplar para recibir a los Príncipes
ALEJANDRO CARANTOÑA

Era tan temprano en San Tirso de Abres que los pocos bares que hay no hacían más que despachar café. Un Guardia Civil corría calle abajo con dos chocolates en una bolsa, para que no enfriaran, para aligerarle la guardia a su compañero.
Fuera se deshacía el rocío, y el sol empezaba a derretir los ocho grados que caían sobre el flamante Pueblo Ejemplar 2011, el más occidental de Asturias.

A eso de las doce menos cuarto de la mañana todo estaba listo para la llegada de los Príncipes de Asturias. Y cuando faltaban un par de minutos para la hora señalada, con las autoridades dispuestas a la entrada de El Llano, el helicóptero resonó por la cuenca del Eo para posarse a pocos metros de la entrada.

La «procesión» estaba calculada al milímetro: fotógrafos primero, altezas después, autoridades detrás y, por último, los redactores y periodistas. Cerrando la marcha, los siete coches de don Felipe y doña Letizia. A los lados, los vecinos de San Tirso, alrededores y más allá iban recibiendo su saludo de turno (una gijonesa, fan declarada, prometió no volver a lavarse la mano tras el Real contacto).

Primera parada, Centro de Interpretación de la Pesca en el Eo. Entre los periodistas, que esperan en la calle para seguir con el trayecto, empiezan a colarse inusitadas seguidoras sexagenarias sin acreditación, que el servicio de seguridad empieza a filtrar y devuelven a la acera.

Muchos de los habitantes honrados en el día de ayer iban vestidos con la elegancia debida. Habían sacado sus mejores galas porque San Tirso, su San Tirso, había recibido el reconocimiento y la visita de los Príncipes. Eso sí, mientras que don Felipe exaltaba su estrecho vínculo con lo rural una señora mayor, siempre impecable, se limpiaba con un pañuelo de papel la tierra de los zapatos. Se había metido en un prao, sin darse cuenta, en busca de la perspectiva. Y esos zapatos no podía estar manchados.

Antes de eso, la comitiva estaba firmando el Libro de Honor de San Tirso, en la Casa Consistorial. Unos metros más adelante, junto a la valla, Amelia sostenía un ramo de flores y su nieta, Adriana, de cinco meses -la santirseña más joven- hacía esfuerzos por dormirse metida en su traje de asturiana, en brazos de su madre, María Jesús. Detrás, el padre, Jesús, supervisaba la operación.

«Aguanta, mi amor, que ya vienen», susurraba la madre a Adriana. Estaban nerviosos. Querían que Sus Altezas cogieran a la niña, que la saludaran o le dedicaran una gracia. Que tuviera, en su fugaz paso, su momento.

Habían conquistado la primera fila; por detrás, por la acera, a la llegada de los Príncipes precedían los empellones de las señoras y señores de San Tirso que no querían perderse un metro del recorrido.

Entre ellos, un traje y unas gafas de sol con un pinganillo en la oreja. Iba pasar de largo cuando se acercó a la oreja de María Jesús y musitó: «Señora, échela hacia adelante para que la vean» y se marchó.

Don Felipe había llegado. Saludó, cogió a Adriana (que por supuesto no entendía nada) y empezó a hacerle mimos. Las cámaras no hacían más que disparar. El ramo de flores pasaba de mano en mano del equipo de seguridad («Yo se lo guardo, señora»).

Doña Letizia se había quedado rezagada. Al alcanzar a su marido, dedicó un: «Está para llevársela a casa», al recogerla. Una vecina, entre tanto, trataba de inmortalizar el momento. Tampoco iba a hacerle falta: de repente, Adriana era la estrella informativa. Todos los micrófonos, todas las fotos, todas las cámaras. «Ay, ¡qué bien!»

Continúa el programa, ya no queda ni rastro del frío de la mañana. Ahora, unos cuantos vecinos siguen el discurso del Príncipe por la tele en el bar, a apenas doscientos metros de donde se está pronunciando. Ahora, hace un calor casi veraniego que los santirseños aguantan con estoicismo en sus trajes, siempre impecables.

Y ahora, los que no son de la localidad empiezan a marcharse, procurando no pisar la alfombra floral que le han preparado a la distinguida visita. «Los de San Tirso tienen comida luego». Ellos no: entran en la panadería, compran una enorme hogaza de pan entre el olor a horno de leña y se marchan del pueblo.

No había nadie en San Tirso que no estuviera de celebración. Desde esos parroquianos que brindaban con una cerveza a mediodía en el bar hasta las bocas que lanzaban el consabido «¡Guapo!» al Príncipe. Desde los niños quejosos y cansados («Vaya voz que tienes, fíu») hasta el último santirseño asomado a su balcón.

A todos les tocaba celebrar, y mostrar y reír. Y comer, de prao, a pocos metros del helicóptero de la Casa Real. Del día de ayer quedan fotos, obsequios, y una placa. Y todo lo demás: como para llevárselo a casa.
 

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