Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2008
Margaret Atwood
Opinión
JAVIER LASHERAS
Escritor y ex presidente de la Asociación de Escritores de Asturias
Expediente Atwood
Lasheras enaltece «la finura intelectual y la calidad literaria» de la autora galardonada con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y reflexiona también sobre el papel de los gobiernos en la difusión cultural internacional.
Es cierto que Atwood es una escritora prolífica, autora de una vasta obra que incluye novela, cuentos, poesía y ensayo. Y también que en España es más conocida por su narrativa que por el resto de su aportación a la literatura. Y no menos obvio resulta que su acendrado interés en favor de los derechos humanos, su comprometida posición ante las injusticias y las calamidades del mundo, así como su militancia en Amnistía Internacional o el International Pen, apenas son actividades conocidas. Anticipo que no he leído toda su obra y que debido a gustos personales he visitado con más frecuencia su poesía, poco traducida al español si tenemos en cuenta el volumen y el peso de su obra poética en su quehacer literario.
Por ello, me atreveré a recomendar al lector avezado y entrometido, carente de prejuicios, que se dé un buen trago con su poesía. Poesía larga y redonda como el sabor intenso de un whisky solo, con versos en ocasiones llenos de crítica social y a veces de misterio, pero siempre imaginativos y contundentes, combativos y plásticos, con un toque mitológico y una pizca de magia.
Versos aderezados con la franqueza de una infinita ternura que agradecerá el lector y que escasamente encontrará por estos pagos. Todo ello escrito con una sensibilidad in crescendo, que empieza a los diecinueve años –‘Double Persephone’– y llega hasta la veintena de libros, con un resultado que no dejará indiferente a casi nadie. Y si no, cojan aire, lean el poema ‘Torture’ y después hablamos.
Por supuesto, esta invitación a su poesía no sólo no invalida, sino que realza su labor como novelista. En este género ha sabido contar con acierto no sólo el alma de la mujer contemporánea y sus diferentes papeles y situaciones –lean ‘El cuento de la criada’ y luego vean su versión cinematográfica (en inglés, claro)–, ya que también ha puesto su firma a otras obras en donde se plantea, por ejemplo, el futuro de la humanidad, como en su no muy lejana ‘Oryx y Crake’.
Y al hilo de esta novela, no puedo dejar de comentar que, tal y como muy bien apuntaba Lorenzo Silva, al abrir este libro podemos encontrarnos con una clara e importante nota que nos informa de que la traducción de esta obra ha contado con una subvención de The Canada Council for the Arts y del Canadian Department of Foreign Affairs and International. Es decir, que gracias a estos dos departamentos aquí pudimos disfrutar de esta obra. A lo mejor hay alguno –conspicuos escritores y miembros del politburó autonómico-cultural de esta España derivada– que todavía piensa que los canadienses no están en sus trece, pero esta me parece una de las mejores medidas de fomento de la lectura que he conocido en los últimos tiempos.
Y creo firmemente que es un reflejo fiel de una sociedad algo mejor y más justa que la nuestra, en donde nos da más por promocionar élites deportivas que artísticas. Un expediente que, unido a la maestría de la Atwood, sólo puede ser digno de encomio, estudio y reflexión.
En resumen, creo que esta escritora, de facciones amables y mirada alegre e inteligente, contribuye al prestigio que en el campo de la literatura universal bien se ha ganado el Premio Príncipe de Asturias de las Letras.
Su finura intelectual y su calidad literaria la avalan. Y para demostrarlo nada mejor que este botón encontrado en el final del relato titulado ‘Haciendo veneno’ y que resume en tres frases lo que a muchos nos costaría una vida y tres libros por lo menos: «Hacer veneno es tan divertido como preparar un pastel. A la gente le gusta hacer veneno. Si no entiendes esto, nunca entenderás nada».
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